2012(e)ko azaroaren 2(a), ostirala

Las comunidades indígenas

Antes de comenzar a hablar de los vascones me ha parecido conveniente hacer un repaso sobre el modo de vida de las comunidades indígenas que habitaron Navarra durante el largo periodo del Neolítico, la Edad de Bronce y la Edad de Hierro.
Con el concepto de “comunidades indígenas” se pretende designar a las poblaciones que ocuparon el hábitat navarro durante la etapa anterior a la llegada de las primeras legiones romanas hacia el siglo II a. C. Hay quien duda de que estas poblaciones pudieran ser los antecesores directos de los vascones. De todas formas, no hubiera sido acertado utilizar esta denominación ya que estos no irrumpen en la Historia hasta el año 75 a. C., cuando se les cita por primera vez en un episodio de la guerra entre Sertorio y Pompeyo. Estos vascones conformarían, durante la dominación romana, una etnia de idiosincrasia propia que acabó, como todas las demás, engullida por la personalidad asfixiante que ejercía la autoridad romana. Ante la apabullante superioridad tecnológica, cultural y organizativa del mundo romano la historiografía tradicional nos ha representado a estos grupos indígenas, ya fueran vascones o no, como un conglomerado de colectividades desorganizadas y culturalmente retrasadas. Sin embargo, si estudiamos a las comunidades indígenas predecesoras en un contexto de soberanía, al margen de todo lo que ocurrió con la llegada de sistema administrativo romano, la lectura que extraemos es otra muy distinta.
Las sociedades campesinas que ocuparon estos espacios sufrieron un largo proceso de adaptación al medio que se extendió durante milenios. Este procesó que culminó con la romanización estuvo jalonado por una serie de estrategias de subsistencias determinadas por las circunstancias espacio-temporales que les hubiera tocado vivir en cada momento. La modificación del modelo económico, la transformación de una sociedad de clanes a otra eminentemente jerarquizada, la implantación de nuevas estrategias tecnológicas, la llegada de conflictividades, los nuevos desarrollos de poblamientos, las tareas derivadas de la producción agrícola o de la cabaña ganadera, la cultura material que fue evolucionando desde los fósiles de piedra a la metalurgia de cobre, el establecimiento de labores comunitarias, los distintos rituales funerarios, los recursos hídricos…, todo ello implicaba una alteración del modo de vida de sus habitantes que fueron desarrollando los mecanismos necesarios para adaptarse de la mejor manera posible a los nuevos tiempos, conformando una sociedad social y políticamente autónoma y homogénea.
En el 2006 se publicó un libro que ha sido esclarecedor para comprender la complejidad del proceso del que surgieron y se desarrollaron las primeras ciudades y centros poblacionales que comenzaron a jerarquizar el territorio en Navarra. La tesis doctoral del arqueólogo Javier Armendáriz Martija De aldeas a ciudades. El poblamiento durante el primer milenio a. C. en Navarra estudia el periodo que comprende desde el Neolítico, en el V milenio a. C., hasta la romanización. En el trabajo se ofrece por primera vez una visión de conjunto de los 261 yacimientos encontrados hasta la fecha y que han sido analizados de manera rigurosa y sistemática. La secuencia histórica, las características internas, la cultura material, la relación con el entorno o las estructuras constructivas son algunos de los ejemplos en los que se basa el trabajo para conformar una idea globalizadora de todo lo que aconteció en el territorio navarro durante 5000 años.
No cabe duda de que la labor metódica realizada por Armendáriz para localizar una gran cantidad de yacimientos ha ayudado mucho para determinar una visión más completa del mundo indígena. Si a este hecho le añadimos además los hallazgos realizados por la llamada Arqueología no programada o de “urgencia”, ligada fundamentalmente a la obra pública, nos podemos hacer una idea de lo que ha cambiado el panorama en los últimos lustros. Sin ir más lejos, las obras realizadas con motivo de la construcción de la Autovía del Camino han sacado a la luz, tanto en Valdizarbe como en Valdemañeru, un importante número de yacimientos que van aclarando el devenir de estas comunidades a lo largo de este periodo.
La intención de este capítulo no es otra que la de aclarar los modos de vida que ejercieron las comunidades indígenas que ocuparon los mismos espacios que luego habitarían sus sucesores, los vascones. Para ello voy a hacer un análisis de la evolución de las sociedades por épocas, destacando todos los datos que puedan interesarnos para explorar el área que a nosotros más nos interesa: la cuenca que forman los valles de Valdizarbe y Valdemañeru y el entorno más próximo a ella.
La información está básicamente extraída del libro de Armendáriz, ya que apenas se han realizado estudios que analicen esta época de una manera tan concluyente. De hecho Armendáriz comenta que de las 261 localizaciones de la Edad de Hierro que cita, 176 son aportaciones originales de su investigación (pág. 320).

-    Neolítico (5000- 2000 a. C.): Durante este periodo se detecta una dualidad en los asentamientos. En la mitad septentrional se encuentran, por un lado, las cavernas y abrigos rocosos. Es patente la ausencia de yacimientos arqueológicos al aire libre, aunque esto pueda ser debido a lo abrupto y boscoso del terreno. De todas formas, se percibe que la labor de Armendáriz ha ido dando sus frutos y ha sacado a la luz los restos de varios poblamientos en las estribaciones del Pirineo, aunque la dificultad de la orografía ha impedido una investigación más profunda de estos. La ausencia de poblados contrasta, sin duda, con la profusión de monumentos megalíticos mortuorios repartidos por toda el área. En cuanto al modelo de subsistencia de los grupos está muy ligado al biotopo de montaña, dedicando su vida prácticamente sólo al pastoreo.
Por otro lado, la mitad meridional, que abarca la Navarra Media, los valles prepirenaicos que envuelven la Cuenca de Pamplona y la Ribera, muestra una gran concentración de puntos habitados por comunidades que tenían como base subsistencial la agricultura cerealista. Estos asentamientos al aire libre, conocidos como “campos de hoyos”, desarrollaban estrategias agrícolas que requerían de espacios diáfanos, laderas suaves y suelos de aluvión. La designación de “campos de hoyos” se aplica por una de las peculiaridades que caracterizan a esta cultura: almacenaban el cereal cosechado en pequeños silos horadados bajo el terreno para preservarlo de la humedad. Hay, de todas formas, importantes testimonios de crianza de animales domésticos, lo que hace pensar que hubiera un aprovechamiento de las tierras en régimen de barbecho. Muchos de estos establecimientos son fácilmente detectables gracias a la abundancia de hoyos que se manifiestan, ya que no suelen dejar ningún otro rastro exterior que las identifique a primera vista. El yacimiento de Los Cascajos en Los Arcos, del Neolítico Antiguo-Medio, es un testimonio ejemplar de poblado, ya que la excavación ha proporcionado las plantas completas de tres cabañas de tipo circular de entre 6 y 8 metros de diámetro. En general son poblamientos de pocas personas, sin ningún patrón urbanístico y que crecen de manera aleatoria, surgiendo nuevos hoyos y abandonándose otros que son reutilizados como basureros o tumbas de inhumación. Los poblamientos de campos de hoyos encontrados en Valdizarbe y Valdemañeru son los siguientes: El Mandalor (Legarda), Larrumberri (Muruzabal-Obanos), Saratsua (Muruzabal), Inurrieta y Elerdia (Puente la Reina/ Gares). El emplazamiento de Elerdia en Puente es una buena muestra de la supervivencia de asentamiento durante un largo periodo de tiempo. Este hecho no implica que hubiera ejercido un papel relevante sobre el resto de poblamientos circundantes, sino que podría simplemente haber habido algún otro factor como el geográfico que lo habría hecho perdurar en el tiempo. Como lo explica Armendáriz: “…estos casos se explican por una larga ocupación humana sobre un mismo sitio, donde se fueron levantando sucesivamente hábitats sin contexto urbanístico ni mayores planteamientos espaciales apriorísticos, lo que conduce a que estos yacimientos documenten sobre una misma área continuas reconstrucciones y/o reformas de las cabañas y sus estructuras anexas, correspondientes probablemente a un mismo grupo parental, así como evidencias de actividades económicas como la agricultura, ganadería, la acumulación de alimentos o la metalurgia” (pág. 322). La cultura megalítica de carácter mortuorio es también importante, sobre todo en el norte. Al Sur de la cuenca de Pamplona apenas se encuentran monumentos. Como excepción, entre los valles de Valdizarbe y Valdemañeru y las llanuras de Mendigorría y Artajona se encuentra un área con ejemplares muy significativos: Portillo de Enériz y La Mina (Artajona), Charracadía y Aitzibita (Cirauqui), Sotoaldea y Morea (Mañeru). Según Esther Álvarez las exhumaciones han evidenciado enterramientos hasta el Bronce antiguo, entre el 2500 y el 1600 a. C. (EAV, pág. 56ss).

Foto extraída de internet con la distribución de monumentos megalíticos en toda Euskal Herria. Los dos puntos rojos más meridionales de Navarra corresponden a la zona de Valdizarbe, Valdemañeru, Mendigorría y Artajona.


-    Bronce antiguo (1800-1500 a. C.): En las Bardenas Reales, que ocupan la zona noreste de Navarra en su frontera con Aragón, se comienzan a ocupar por primera vez alturas de fácil defensa que puede ser una señal de conflictividad en la zona. Los zócalos de las casas se construyen en piedra y el cereal se guarda en tinajas y no en hoyos, como hasta entonces. Al estar vinculadas las poblaciones con terrenos más propicios para el pastoreo, la agricultura pasa a un segundo plano y se promueve la cabaña doméstica. Esta nueva manera de poblamiento está ligada al Bronce Mediterráneo y es el testimonio más septentrional de esta cultura. El ejemplo más relevante es el poblado de Monte Aguilar en las Bardenas Reales, una atalaya perfectamente definida sobre un inmenso risco y con una función claramente estratégica. La Zona Media de Navarra, y en concreto los valles de Valdizarbe y Valdemañeru, parece que fue ajena a los nuevos cambios, seguramente por ser menos permeable al influjo social que acarreó el intercambio cultural con el área mediterránea.

-    Bronce Medio (1500-1250 a. C.): El antiguo modelo económico y social que había imperado en el sureste de Navarra en la primera etapa de la Edad de Bronce entra definitivamente en crisis. El sistema constructivo de piedras termina desapareciendo y se establece un nuevo poblamiento de cabaña y campos de hoyos. Los poblamientos que habían aflorado durante el Neolítico en el resto de Navarra siguen una dinámica parecida a la establecida desde el V milenio a. C. y exteriormente parece como que nada haya cambiado. La Zona Media de Navarra, incluyendo la cuenca que conforman Valdizarbe y Valdemañeru, está intensamente ocupada por asentamientos que no se emplazan necesariamente sobre los campos de aluvión o a orillas de los cursos fluviales. La climatología de estas zonas registra niveles de precipitación suficientes como para asegurar una producción básica de cereal sobre suelos de mediana calidad en las cercanías de algún regacho (pág. 163). La sociedades están, sin embargo, bastante más desarrolladas que en el anterior periodo de “campos de hoyos”. El caso de Aparrea en Biurrun es uno de los más representativos del proceso. Armendáriz lo describe así: “…la presencia de hoyos con depósitos de variada índole y de manteados de barro aplicados sobre palos es indicio suficiente de su existencia en un patrón de establecimiento abierto sin preocupaciones defensivas que habría sido generado por la agrupación de chozas y estructuras de almacenaje dispersas con impremeditación. […] Por el contenido de estas estructuras negativas excavadas en las gravas del terreno sabemos que en este sitio se desarrollaron actividades agrícolas, recolectoras, ganaderas, cinegéticas y metalúrgicas” (pág. 123). En el yacimiento de Larrumberri de Obanos que ya ha sido citado para el periodo del Neolítico, también se ha puesto al descubierto una singular estructura de planta oval de unos 100 m2 de superficie y puerta orientada al sur, “que quizás podría interpretarse como una gran choza, una construcción de almacenaje o tal vez un redil de ganado” (pág. 127). Aunque no se dispone todavía de datos directos sobre chozas adscribibles a este periodo, porque los hallazgos no han deparado fondos de cabaña, sí que en Lorkazarra en Lorca (pág. 127) se han encontrado una serie de bases de poste acuñadas con piedras que podrían corresponder con la estructura de una choza de planta circular. Por el modelo de los hábitos y la tipología de sus chozas todo parece indicar que las sociedades que moraban estas poblaciones gozaban de una estructura social igualitaria, vertebrada seguramente por una familia o por clanes ligados a un vínculo de sangre. El sistema funerario representativo continúa siendo el de la inhumación, aprovechando muchas veces los silos de cereal abandonados en los que los cadáveres eran dispuestos en posición fetal con un sencillo ajuar que los acompañaba. Los sepulcros megalíticos que en un número cercano al medio millar siguen siendo los mejor estudiados, presentan una gran variedad de formas, desde dólmenes cortos o largos, túmulos, galerías, hipogeos o de puerta perforada. Son de difícil datación pero se tienden a situarlos hacia el 2000 a. C., más hacía la etapa final del Neolítico que en la del Bronce.


Mapa de Valdizarbe, Valdemañeru y su entorno con los yacimientos y los monumentos megalíticos encontrados hasta el momento (elaboración propia). Neolítico (en rojo): 1 El Mandalor (Legarda). 2 Saratsua (Muruzábal). 3 Larrumberri (Obanos/Muruzábal). 4 Inurrieta (Gares). 5 Elerdia (Gares). 6 Dolmen de Aitzibita (Zirauki). 7 Dolmen de Charracadía (Zirauki). 8 Menhir de San Cristobal (Zirauki). 9 Monolito del Corral de Sánchez (Zirauki). 10 Monolito de Markalagain (Mañeru). 11 Dolmen de La Morea (Mañeru). 12 Dolmen de Sotoaldea (Mañeru). 13 Dolmen de Montelaparte (Mendigorría). 14 Dolmen de Andión (Mendigorría). 15 Dolmen del Portillo de Enériz (Artajona) 16 Dolmen de La Mina de Farangortea (Artajona). 17 Dolmen de La Mina (Artajona, dudoso). 18 Dolmen de Legastieta (Artajona, dudoso). 19 Dolmen de Andiuz (Artajona). 20 Dolmen de Karakidoa (Artajona). 21 Dolmen de Soplahogueras (Artajona). 22 Dolmen de San Bartolomé (Artajona). Edad de Bronce (en naranja): 23 Aparrea (Biurrun). 24 Larrumberri (Obanos/Muruzabal). 25 Lorcazarra (Lorca). 26 Gazteluzar (Lorca). Edad de Hierro (en verde): 27 Murubil (Legarda). 28 Murundigain (Muruzábal). 29 Murugarren (Gares). 30 Alburuz (Gares). 31 Gorbatón (Gares). 32 Gazteluzar (Zirauki/Mañeru). 33 Murugain (Zirauki). 34 Urbe (Zirauki). 35 Santuario de San Quiriaco (Garisoáin, Guesálaz). 36 Murumendi (Alloz, Yerri). 37 Gazteluzar/ Lorcazarra (Lo).  38 Mauriáin (Villatuerta). 39 Tuturmendia (Oteiza) 40 San Cristobal (Guirguillano). 41 Gorriza (Arguiñáriz). 42 Rezumendia (Iturgoyen y Riezu). 43 Castillo de Oro (Salinas de Oro). 44 San Cristobal (Vidaurreta). 45 Belascoáin. 46 La Nobla (Enériz). 47 San Martín (Añorbe). 48 Gazteluzar/ Alto de los Fosos (Añorbe). 49 Murugain (M. de Reta).  50 San Cristobal/ Costobaro (Subiza, Galar). 51 Castillo de Tiebas. 52 El Castillo (Oricin, Olóriz). 53 Oianburu (Artajona y Garínoain). 54 Santa Cecilia (Garínoain). 55 El Cerco (Artajona). 56 El Dorre/ Gazteluzar (Artajona). 57 Andelo (Mendigorría). 58 Matacalza (Mendigorría). Época romana (en amarillo): 59 El Mandalor, villa romana (Legarda). 60 Andelos, ciudad romana (Mendigorría). 61 Calzada romana del Alto de Guirguillano. 62 Calzada romana de Zirauki. (Fuentes: J. Armendáriz, de su libro De aldeas a ciudades; megalitos pirenaicos: http://wiki.txoperena.es)

-    Bronce Final (1250-750 a. C.) y Hierro Antiguo (700-600 a. C.): Hacia el 1100 a. C. se crea un nuevo modelo de poblados que se va extendiendo desde las Bardenas Reales. Estos se sitúan en las elevaciones próximas a los terrenos aluviales de los ríos. Son poblados de estructura defensiva, con calle central, arquitectura en piedra, casas adosadas a murallas. La conservación del cereal se realiza en tinajas y se extienden los obradores que muestran labores comunitarias como la elaboración de pan. Se forman comunidades igualitarias de clanes familiares, no jerarquizadas, y los poblados no crecen extramuros sino que se forman nuevos. Se crean también algunos “asientos roqueños de altura” con influencia probablemente soriana. La cultura final de esta etapa tiene cierta influencia transpirenaica (“campo de urnas”), pero no se debe confundir con ella ya que es un modelo expansivo surgido de las cuencas del Segre-Cinca. Este mismo estereotipo de población fue, por consiguiente, el que se estableció en Las Eretas de Berbinzana, cuya fundación tuvo lugar hacia el siglo VII a. C. Armendáriz lo describe así: “Situado sobre la ripa de la terraza que desciende al río, fue configurado urbanísticamente siguiendo una planta de probable diseño oval, dotándose desde un principio de un sofisticado sistema defensivo de muralla bastionada que obligó a adosar las casas perimetralmente a su parámetro interno, lo que determinó una articulación interna del poblado mediante una calle central que la recorre en dirección suroeste-noroeste. […] Lo que merece la pena destacar es el particular diseño de su fortificación, que fue el primer elemento constructivo que se levantó en este solar. […] Su construcción previa condicionó el diseño urbanístico del hábitat con la disposición perimetral de las casas al objeto de aprovechar al máximo el espacio disponible” (pág. 166). El castro de Gazteluzar en Lorca es una buena muestra de la época de inestabilidad social que les tocó vivir a las comunidades indígenas. En este caso se abandonó el asiento abierto de chozas y se construyó, a escasos metros de él, un castro defensivo que evidencia un claro control territorial de la zona (pág. 144). La fundación de estos nuevos poblados surge a partir de la implantación de un nuevo sistema socioeconómico que más tiene que ver con profundos cambios internos que con las invasiones celtas, como muchas veces se nos ha querido hacer ver.

-    Hierro medio (600-400 a. C.): El modelo anterior de pequeñas aldeas con urbanismo concentrado que reproducía el patrón de las cuencas del Segre-Cinca y que surgieron durante los dos siglos anteriores entra en crisis como consecuencia del levantamiento de un nuevo tipo de poblado que aglutina a las poblaciones -de manera voluntaria o violenta- en pequeñas ciudades. Armendáriz comenta que los efectos “fueron devastadores para muchos poblados y terribles para las comunidades que los habitaban, pues en aquellos donde se ha excavado se documentan numerosos niveles de destrucción por incendio que supuso la pérdida casi total de todos los enseres, herramientas, mobiliario doméstico, ganado, cultivos, cosechas y los abundantes excedentes de grano que tenían almacenados en las despensas de las casas” (pág. 197). Algunos poblados se van diluyendo simplemente por la injerencia de otros que se van creando en las cercanías y que al final los acaban absorbiendo. Es el caso de Matacalza en Mendigorría, que termina siendo relevado por la ciudad prerromana de Andelo, sobre un emplazamiento que acabaría asumiendo un lugar relevante durante la época del Alto Imperio. Este proceso de sinecismo generado por los oppida o castros que van aglutinando las aldeas rurales de un entorno concreto no surge de la misma manera en la Navarra meridional o en la septentrional. En el norte el cambio se intuye de una manera menos profunda y se hace demorar en el tiempo. En cualquier caso la influencia celtibérica que supone la creación de castros que funcionan a manera de pequeñas ciudades-estado poco a poco se va dejando notar. Algunos castros amplían sencillamente su espacio intramural reurbanizándose para dar cabida a más pobladores. Entre estos se podría incluir a los de Murugáin en Muruarte de Reta, Gazteluzar/ Alto de los Fosos de Añorbe y El Dorre/ Gazteluzar de Artajona, con la consolidación de un hábitat urbano concentrado por barriadas de casas. En algunos emplazamientos como los de Murugáin en Cirauqui y el de San Cristóbal de Guirguillano apenas se muestran cambios y permanecen en buen grado de uso con sus elementos defensivos en forma de murallas, fosos y líneas de defensa avanzada, hasta bien entrada la romanización sin saber del todo si fueron destruidos o abandonados. En las excavaciones realizadas sobre estos asientos no se ha encontrado acuñación, lo que puede ser un indicio de que no alcanzaran la monetización de su economía y por lo tanto desaparecieran antes del siglo III a. C. El enclave de Las Eretas de Berbinzana es un caso paradigmático. Siendo un poblado de trazado apriorístico, heredero del modelo del “Grupo del Segre-Cinca”, permanece habitado más allá del siglo IV, algo que prácticamente solo ocurre en el sur de Navarra. Otros como el castro de Gazteluzar de Cirauqui/ Mañeru se despueblan al comenzar la celtiberización, siendo sustituido por el de Murugáin de Cirauqui.
En la zona del entorno de Valdizarbe la jerarquización de la sociedad no se deja ver de una manera tan clara como en los castros meridionales de Navarra de clara influencia hispanocelta. Las tumbas castejonesas, por ejemplo, demuestran unas desigualdades que no se perciben de manera tan evidente en el Alto de la Cruz de Cortes y mucho menos en la distribución de espacios del entramado urbano de Las Eretas en Berbinzana, que es mucho más homogéneo que los castros del sur de parcelario claramente asimétrico.

-    Hierro Medio/ Final (400-300 a. C.): El nuevo orden establecido por medio de las ciudades-estado conllevará un fuerte impulso socioeconómico y demográfico que irá rediseñando una nueva geografía por zonas. Esta novedosa ordenación territorial se empieza concretar a partir del siglo IV para afianzarse con fuerza durante el siglo III a. C. Todavía no se intuyen jerarquías entre las diferentes ciudades, respetándose hospitalariamente sus límites de control que ejercen sobre las aldeas satélites que les rinden tributo. Esto significa que las sociedades eran complejas y estaban suficientemente cohesionadas como para poder administrar un amplio territorio. El solar navarro se encontraba vertebrado por una gran cantidad de estas ciudades-estado organizadas políticamente que funcionaban con carácter autónomo. Cada una de estas comunidades viviría su identidad y su conciencia común de manera muy diferente a las otras. Es posible que hubiera muchos factores que jugaran en favor de la agrupación de estos centros, que hubiera afinidades de sangre, lingüísticas, religiosas, etc., e incluso es posible que muchas de estas sociedad hubieran sido plurilingües, culturalmente abiertas y socialmente muy organizadas. Todo lo contrario de los que se nos ha querido hacer ver hasta ahora, presentándonos a las sociedades indígenas como retrasadas y salvajes.
En general no se detecta alrededor de Valdizarbe y Valdemañeru un abandono masivo de pequeños poblados y castros, como sí que ocurre en la zona meridional de Navarra por el proceso de sinecismo que aglutina a las aldeas en grandes castros. Este hecho, que en principio parece tan circunstancial, parece marcar, ya sea por las condiciones orográficas, climáticas o culturales, el devenir del poblamiento posterior de la Navarra nuclear que tiene su reflejo en la diseminación del caserío en la época medieval, un punto en el que haremos hincapié en el siguiente capítulo. En la zona siguen perviviendo emplazamientos como Las Eretas de Berbinzana, El cerco y Gazteluzar de Artajona, El Castellón/ Cebror y El Castillo de Larraga. Todas estas poblaciones giran en la órbita de Andelo, que junto con Pompaelo es la ciudad más importante de la Zona Media. No sería tampoco de extrañar que los antiguos castros u oppida de Iruñela y Rezumendia en el valle de Guesálaz hubieran estado en esta misma órbita (pág. 307). Para Armendáriz el alto nivel de romanización de este último, atestiguado por la variada cultura material hallada, puede ser un indicio de que hubiera desempeñado algún papel importante, delegando en ella alguna de las funciones económicas o administrativas habituales que corresponderían a Andelo.
En el entorno de las ciudades se crean en general pequeños núcleos rurales habitados por campesinos de tradición y costumbres indígenas. Muchos de estos optaron por habitar posiciones topográficas más suaves que evitaran la exposición a los vientos y que encontraran en sus cercanías las llanuras de aluvión para la producción de cereal o los pastizales para el pastoreo del ganado. Estos emplazamientos acabarían seguramente rivalizando con las villae, aunque estas no comenzaron a extenderse por la zona hasta el cambio de era, alcanzando su máximo apogeo durante el siglo III d. C. Algunos castros de la Edad de Hierro también fueron reutilizados como asentamientos levantando arquitecturas más bien débiles, quizás, como comenta Armendáriz, “porque no hubo un poder político local capaz de coordinar y dirigir los trabajos de la población como el que generó con mayor autoridad, peso social y orden de ejecución los castros durante la Edad del Hierro” (pág. 310). Esto no es ningún indicio de una regresión en el sistema con respecto a la organización político-social que llegó a disfrutar la comunidad indígena en el momento anterior a la conquista de Roma. Pudiera ser simplemente que el nuevo estrato social que pudo reocupar estos riscos no hubiera tenido en principio el conocimiento ni la capacidad suficiente para poder urbanizarse. La estrategia romana de centralización y la presión que ejerció sobre ellos habrían jugado en su contra y no les dejaría autonomía suficiente como para poder reorganizarse con un mínimo de condiciones. Las élites indígenas también habrían sido absorbidas poco a poco por el entramado romano. Los castros de Urbe en Cirauqui, Murugarren y Alburuz en Puente la Reina, Gazteluzar en Añorbe y El Castillo en Larraga son un ejemplo manifiesto de repoblación.
La conclusión de todo lo expuesto en este capítulo la resume Armendáriz anotando que Roma “se encuentra con un territorio que ya estaba políticamente organizado con entidades de carácter estatal dirigidas por las élites urbanas, siendo la ciudad […] el máximo exponente de su estructura y la cabeza rectora de un territorio que se podría calificar como un auténtico trifinium cultural, étnico y lingüístico. En este sentido los distintos populi que citan las fuentes clásicas (vascones, berones, celtíberos, lusones, arévacos, várdulos, etc.) no se pueden entender como entidades políticas independientes, aunque sí significarían aspectos identitarios o de conciencia comunes (parentesco, lengua, costumbres, divinidades, rituales, etc.) que en ningún caso coartaría la autonomía política de las ciudades-estado” (pág. 324).
Hay un aspecto concreto del mundo indígena que hemos analizado en el que hasta ahora no me he detenido con detalle porque lo he querido posponer para el final. Me refiero al universo de sus creencias religiosas. Las comunidades indígenas que habitaron Navarra desde el Neolítico hasta la Edad de Hierro (5000-2000 a. C.) fueron continuistas en la tradición de un megalitismo que estaba extendido prácticamente por toda Europa. El megalitismo fue un fenómeno focalizado en el Mediterráneo occidental y la Europa atlántica caracterizado por la realización de diferentes formas constructivas en piedra, de estructura duradera, utilizadas por lo general como necrópolis por varias generaciones para la inhumación de cadáveres. Los monumentos eran de aspecto muy diverso: desde dólmenes simples, de corredor o galería, incluso con puerta de entrada como el de Artajona, hasta alineaciones, túmulos y crómlech. Sus emplazamientos responden a razones de visibilidad, frecuentemente ubicados cerca de pasos naturales como collados, encontrándose también muchas veces cerca de los lugares de habitación, como en el caso del Portillo de Enériz en Artajona. Este tipo de enterramiento mostraba los mismos rasgos sociales que identificarían a las comunidades que hemos investigado hasta ahora. Eran sepulcros socialmente muy homogéneos, no había ninguno que destacara sobre los otros por lo monumental de su estructura o la valía del ajuar hallado en él. Lo cual no quiere decir que no hubiera conflictos sociales entre las distintas poblaciones. La lesión craneal provocada por arma metálica que muestra uno de los cadáveres del dolmen de Aitzibita de Cirauqui es una buena muestra de ello.
Pero mientras en el sur de Navarra y Zona Media se va extendiendo el protocolo funerario correspondiente a la cultura de tradición celta de los “Campos de Urnas” que incineraba a los cadáveres y los enterraba en urnas en necrópolis extramuros, en el norte de Navarra las comunidades pastoriles siguieron apegadas a su tradición megalítica hasta mediados del primer milenio antes de Cristo, mil años después de que se hubieran levantado los últimos círculos megalíticos de Europa. Esta cultura residual del crómlech se encontraba ya vinculada, a pesar de su aislamiento, al nuevo ritual de cremación que había adquirido relevancia con la llegada de la cultura celta. No fue este el único exponente de la vehemencia con la que vivían su cultura espiritual los antiguos indígenas, porque Armendáriz confirma la existencia de dos santuarios ancestrales en Echauri y Garísoain en Guesálaz que se mantuvieron activos hasta bien entrada la romanización (pág. 314). El hallazgo de un altar rupestre y un ara romana en sus áreas respectivas los confirman como lugares de piedad y recogimiento espiritual. El hagiónimo San Quiriaco, un joven mártir cristiano del siglo IV d. C., bajo cuya advocación se sacralizaron ambos santuarios, puede ser un indicio de la importancia que adquirieron en la vida espiritual pagana hasta que fueron suplantados por el culto cristiano.
Hay que reconocer la pasión con la que las comunidades indígenas vivieron siempre su vida espiritual, de la que han dejado buena muestra por medio de monumentos mortuorios, a pesar de no haberse hallado, en comparación, apenas restos de sus lugares de habitación. Esto confirma, como relata Armendáriz, que “tenían unas profundas creencias de ultratumba por el especial interés que el grupo familiar demuestra por su última morada” (pág. 133).
Después de todo lo expuesto hay que aceptar un hecho que es incuestionable. Cuando los romanos arribaron a estas tierras no sólo hicieron mención de las ciudades-estado de las que hemos hablado, que fueron las que tuvieron que someter, conquistándolas y arrasándolas en muchos casos, sino que también hicieron referencia a entes más amplios, que aglutinarían de alguna manera a parte de estas ciudades englobándolas en etnias que se caracterizarían por algún aspecto concreto, ya sea geográfico, costumbrista o lingüístico. Y aunque es verdad que “fue la ciudad y no la etnia la unidad política que articuló el poblamiento, atomizando en pequeños estados el territorio” (pág. 28), como también suscribe Francisco Burillo en el prólogo del libro de Armendáriz, no es menos es cierto, como ya hemos comentado, que se significarían “aspectos identitarios o de conciencia comunes (parentesco, lengua, costumbres, divinidades, rituales, etc.) que en ningún caso coartaría la autonomía política de las ciudades-estado” (pág. 324). Cuando los romanos recompusieron estos territorios con las condiciones que ellos imponían y los adscribieron a su marco político-administrativo, aplicando los nuevos modelos sociales que implicaban asimilación y jerarquización, muchas veces utilizaron vocablos (vascones, berones, lusones, etc.) que distinguían determinados aspectos culturales de las etnias. Lo más probable es que estos vocablos fueran de uso común, utilizados por unos y otros, para subrayar alguna característica que no sólo los distinguiera como pueblos, sino que también, a la vez, los uniera como colectividades.
También parece ciertamente incuestionable que una de esas etnias que habitaron el suelo navarro era la vascona. Pero donde surgen dudas y se encienden debates es cuando se plantea la extensión, intensidad y cronología de la existencia de la lengua vasca al sur de los Pirineos, así como la incidencia en la formación de la identidad vascona que tuvo en el territorio. Existen dos grandes corrientes que formulan teorías radicalmente opuestas y que voy a exponer aquí, aunque el tema lo vaya a tratar con más profundidad en el capítulo sobre los vascones. La primera es la defendida por los autores clásicos como Tovar, Michelena y Gorrochategui. Estos son de la opinión de que el euskera habría sido la lengua ancestral de estos grupos indígenas y que en su momento habrían sufrido una indoeuropeización que nunca se habría llegado a completar. Esta teoría es compatible con la antroponimia y teonimia hallada en la zona a partir del siglo I a. C., porque una buena parte de la onomástica es vasca, a pesar de que esta sea minoritaria. Pero no aportan más datos, y si se remontan atrás en el tiempo es exclusivamente por medio de conjeturas sin evidencias aparentes. Sí parece, como ya he comentado, que las estribaciones del Pirineo hayan estado habitadas por tribus que un legado megalítico singularmente anacrónico y que los podría entroncar con el neolítico, pero del resto del territorio vasco poco se puede decir.
Por el contrario, el libro Vascos, celtas e indoeuropeos: genes y lenguas, publicado en el año 2005 por Francisco Villar y Blanca M. Prósper, retoma con fuerza la antigua teoría, ya propuesta por Sánchez Albornoz, de la vasconización tardía del territorio vascongado y navarro en torno al comienzo de la Edad Media. Su estudio toponímico y genético sobre los vascones (al que haré alusión en el próximo capítulo) es, sin duda, un compendio exhaustivo y espeso que desmonta todos los argumentos en favor de cualquier otra hipótesis. Los dos autores aseguran, por ejemplo, que la parte de la onomástica a la que hay que recurrir para el estudio, por ser la que más perdurabilidad demuestra en el tiempo, como es la toponimia e hidronimia, carece de todo indicio de euskeridad. Más allá del extracto indoeuropeo no hay ninguna huella onomástica preindoeuropea detectable (VP, pág. 509ss). Por lo general los defensores de esta teoría afirman que la expansión de los vascones desde Aquitania habría podido comenzar hacia el siglo II/I a. C. y haberse extendido durante las siguientes centurias hasta alcanzar su máximo apogeo al principio de la Edad Media.

Y la pregunta que nos deberíamos hacer en este punto es la siguiente: ¿Cuál fue la lengua que hablaron las comunidades indígenas en Valdizarbe y Valdemañeru en particular y en Navarra en general a la llegada de los romanos? Por los datos que nos aporta la cultura material encontrada en los yacimientos resulta tremendamente difícil discernir cuáles fueron las lenguas habladas por las diferentes comunidades que conformaban el territorio que tratamos. Que los celtas, iberos y vascones hablaron su propia lengua durante la Edad de Bronce y de Hierro, eso no parece dudarlo nadie. Pero ¿ocuparon estos últimos estas tierras desde el neolítico hasta la invasión romana sin solución de continuidad? ¿Se tuvieron que replegar primero hacia las zonas más agrestes del Pirineo como consecuencia de la presión que fueron ejerciendo las tribus invasoras indoeuropeas para después volver a expandirse según la cultura celta iba entrando en crisis? ¿Fueron ellos el último reducto de una cultura megalítica, la de los crómlech o baratzak, que, como hemos visto, había tenido su apogeo en el occidente europeo durante el segundo milenio antes de Cristo? ¿Se podrían establecer paralelismos entre estas dos culturas? Desde aquí poco puedo aportar a la cuestión de si estos indígenas fueron los descendientes directos de aquellos.
Pero como nos ha hecho ver Armendáriz, las comunidades instaladas en el valle no eran ajenas a los influjos que les llegaban desde el sureste peninsular. Estuvieron bajo su radio de influencia durante muchas centurias, pero parece que siempre manteniendo su idiosincrasia propia en la Navarra media y septentrional. Quizá fuera como consecuencia del trifinium cultural, étnico y lingüístico del que he hablado antes. Quizá nunca hubiera habido una demarcación clara entre etnias, porque al fin y al cabo las que gobernaban eran las ciudades-estado. Los romanos tampoco se expresaron nunca en este sentido, como si no hubieran sabido deslindar bien las etnias o sus territorios en la Hispania Citerior. Parecen más bien englobarlas en una misma comunidad a la que suelen denominar celta o ibera. Los cronistas siempre generalizaron a la hora de describir las costumbres de todos estos pueblos, aunque sí que es verdad que los vascones parecen destacar en un arte del que ya hemos hecho reseña: el culto religioso. Que los celtas hubieran ejercido su poder por medio de las ciudades-estado no quiere decir tampoco que hubieran desaparecido las poblaciones vasconas, al igual que no lo hizo la cultura vascona con la conquista de los romanos o la latina con la conquista de los árabes.

Mapa con la ubicación de los crómlech (marcados con punto rojo) erigidos a mediados del primer milenio a. C., 1000 años después de que la cultura megalítica desapareciera de Europa. (Fuente: Peñalver, en el libro de J. Armendáriz De aldeas a ciudades).


Sin embargo sí que supieron diferenciar en el Norte de los Pirineos entre aquitanos, celtas y galos. Los testimonios de Julio Cesar y Estrabón son bastante claros en este sentido. Los aquitanos disponen de lengua propia (nadie duda que fuera el euskera arcaico) y Estrabón incluso los relaciona en su apariencia con los iberos. Según estas fuentes resulta pausible que los vascones hubieran hablado euskera durante el siglo I a. C., que es precisamente la fecha a partir de la cual se data toda la onomástica vascona hallada al Sur del Pirineo. Pero de ello no se debe deducir que también lo hicieran en los siglos anteriores.
Por consiguiente, bien pudiera ser que esta sociedad pirenaico-aquitana hubiera sido la responsable de la erección de toda la línea de crómlech en las alturas pirenaicas hacia el Hierro Medio, en el siglo V a. C. Pudiera haber sido también que estos habitantes se hubieran aprovechado de la destrucción causada en los castros de Navarra con motivo de las nuevas invasiones celtas a partir del Hierro Medio/ Final, hacia el siglo IV/ III a. C., para reocupar antiguas tierras o para incrementar sus pequeñas poblaciones ya establecidas. Pudiera ser también que durante estos siglos hubieran ocupado esos castros de los que ya hemos hablado: Urbe en Cirauqui, Murugarren y Alburuz en Puente la Reina, Gazteluzar en Añorbe y El Castillo en Larraga, en los que se aprecia una repoblación por parte de gente con unos conocimientos técnicos y organizativos bastante más primarios que sus antecesores. Pudiera ser también esta la sorprendente razón, expuesta por algunos historiadores, por la que el euskera tenga tan pocos préstamos del celta; sencillamente porque su núcleo poblacional principal no haya estado en contacto directo con la lengua celta como se había supuesto hasta ahora, y sólo las poblaciones residuales de los valles intrapirenaicos hubieran mantenido un contacto esporádico con ellos. En efecto, bien pudiera haber sido que los valles más septentrionales de Navarra sí que hubieran estado ocupados por ellos, pero siempre en la periferia de un núcleo vasco-aquitano establecido al otro lado de la cordillera. Bien podría ser también que los últimos hallazgos de cultura material aquitana detectados en las necrópolis de Pamplona y Buzaga, del siglo VI d. C., no sean sino una muestra de los vínculos que los unían. Bien pudiera ser…
Sirvan estas conjeturas como pequeño adelanto al siguiente apartado sobre el que voy a entrar en materia: los vascones.

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