2012(e)ko azaroaren 3(a), larunbata

Los vascones

Una vez identificados y situados los originarios barskunes en el abigarrado universo tribal que suponía el territorio pirenaico occidental, voy a pasar a describir el papel que desempeñaron los vascones en el espacio romano, una vez que estos ya se encontraron totalmente asentados en la península. Pasemos a narrar sus andanzas y enumerar los rastros que dejó su lengua, el euskera, en los acontecimientos que tuvieron lugar en época romana.
El Ebro era la vía natural por la que habrían de ascender los romanos hasta la tierra de los vascones. Los ilergetes ibéricos eran entonces el pueblo que se hacían valer como guardianes de esta vía. Pero estos fueron derrotados en el 205 a. C. en una batalla en la que fallecieron Indíbil y Mandonio, sus dos grandes caudillos. Los romanos continuaron ascendiendo por los desfiladeros naturales, hasta alcanzar la ciudad de Jaca en el 195 a. C. Con la ayuda de suesetanos y sedetanos, pueblos cercanos que hasta entonces se habían mantenido como “socii populi romani”, Catón conquistó y derrotó a los jacetanos. Pocos pueblos hubo en la península que disfrutaron del honor de ser denominados con el calificativo de “socios del pueblo romano”. A pesar de ello, se debieron de torcer las cosas para estos dos pueblos, porque poco después la situación cambió, los romanos arrasaron Corbio, principal ciudad suesetana, y fueron derrotados y vendidos como esclavos. Pueblos, ciudades y etnias desaparecieron de la historia para siempre. No sucedió así con los vascones, que entonces no se nombraron durante estas luchas de conquista, pero que, sin embargo, Ptolomeo los sitúa como valedores de la ciudad de Iacca y Segia (Ejea de los Caballeros) en su “Guía geográfica” del siglo I d. C.

Igual que sucedió con la ciudad de Jaca debió de suceder con la de Calahorra. 10 años después de los acontecimientos estos los celtíberos ya habían presentado batalla en el entorno de Calahorra, pero no se les había conseguido doblegar. Las fuentes de entonces, sobre todo Polibio, hablaron de celtíberos, vacceos, cántabros, etc., pero no de vascones (APL2, pág. 7). La primera noticia histórica sobre la presencia de estos en el valle del Ebro la proporciona Tito Livio, un cronista contemporáneo de los hechos. Hacía el 75 a. C., más de 100 años después de que Catón conquistara Jaca y lo intentara con Calahorra, Sertorio asciende por el Ebro, arrasa territorios de cascantinos (Cascante) y graccuritanos (Alfaro), pernocta en Calahorra, ciudad amiga, conduciendo el ejército a través del territorio de los vascones (SS, pág. 41), llegando hasta la frontera con los berones, cerca de Logroño. Pero poco después Pompeyo el Magno derrotó a Sertorio y arrasó Calahorra en el 72 a. C.. La guerra que allí se sostuvo debió de tener parecidas características a la que ya había acaecido en Numancia en el 133 a. C.. Se sucedieron los actos de heroísmo en la ciudad, llegando sus habitantes, tras el cerco impuesto por los romanos, a la antropofagia y al suicidio colectivo. El resultado fue el exterminio total y absoluto de la ciudad y sus habitantes. Fue entonces cuando se acuñó el término fames calagurritana debido a la ferocidad de sus habitantes, apelativo que trascendió más allá de las fronteras hispánicas.
En el mismo trance se debió de encontrar el castro de Irulegui, guardián privilegiado de la cuenca de Pamplona. El campamento sertoriano que se estableció en el Alto de Santa Cruz de Aranguren es evidencia clara de la lucha entre indígenas y romanos (JAM, pág. 171). Destruido primero el castro y derrotado después Sertorio, la fundación de la ciudad de Pamplona por Pompeyo sólo fue cuestión de tiempo.
La identidad vascona o hispanocelta del pueblo calagurritano ha sido una cuestión muy discutida. Calagurri es una de las ciudades del valle del Ebro que más aparece en la literatura romana, pero no fue hasta el cambio de era, hacia el año cero, cuando Estrabón citó Calahorra por primera vez como vascona. Durante años se ha sostenido que los vascones aprovecharon la circunstancia de la guerra para invadir estos territorios. Como hemos comentado en el capítulo anterior muchos autores dudan de que estas tierras hayan sido nunca de etnia vascona. El etnónimo vascones, en su origen referido a la ciudad de la que procedían, pudo haberse extendido para denominar un territorio administrativo que hubiera incluido varios pueblos.
Otros autores han empezado a desechar la idea que reconoce a Calahorra incuestionablemente como ciudad celta y optan por un nuevo replanteamiento de la cuestión. Jordán Lorenzo distingue tres fuentes principales a las que acudir para determinar esta cuestión (JL, pág. 175). La literaria es en principio la de menos fiar, dado la complejidad de su comprensión. La ausencia de datos sobre los vascones, por un lado, y las falsas deducciones de unos textos difícilmente interpretables no son suficientes para rechazar o apoyar una teoría. A partir de las fuentes epigráficas Jordán comenta que se extrae una visión del origen étnico de Calagurri claramente vascona, aunque no es concluyente. En cuanto a las fuentes numismáticas, bien pudiera ser que los vascones hubieran utilizado el signario celtíbero y la lengua celtíbera para escribir, igual que después utilizaron el signario latino y la lengua latina (Velaza en II, pág. 77)
Algunos autores como Merino Urrutia y Caro Baroja (LN, pág. 67) vienen defendiendo desde hace mucho que la toponimia y la epigrafía encontrada en La Rioja y Soria son razones suficientes para pensar que el euskera era idioma común en estas zonas durante la ocupación romana. Habría que ver si esta hipótesis no adolece del mismo inconveniente que la de Corominas con respecto a la toponimia del Pirineo: la sobrevaloración de la toponimia actual en detrimento de la antigua. Villar ha encontrado escaso rastro de la lengua vasca en la toponimia antigua (GO3, pág. 132). De todas formas también es muy posible que las fronteras lingüísticas no fueran tan herméticas como nos quiere hacer ver el repartimiento de los pueblos sobre el mapa y que los mismos pueblos hayan convivido durante siglos solapando sus fronteras sin ningún tipo de problemas, formando un trifinium cultural, étnico y lingüístico, como también lo definen Fatás y Beltrán (JAM, pág. 254), que no ha sido precisamente disgregador sino más bien aglutinador.

La conquista de un territorio por parte de las legiones romanas implicaba siempre ciertas concesiones. Plinio ya comenta que el mejor regalo que se podía hacer a los generales y soldados eran los lotes de tierra. La cantidad de tierra que pudieran labrar en un día se daba en proporción a la categoría que se tuviera: un lote para el simple soldado, lote y medio para un grado superior y dos lotes para el más superior. Suponemos que como ocurrió con Escipión el Africano cuando repartió las tierras de los numantinos entre los pueblos vecinos, o con la destrucción de Colenda en el 98 (FB, pág. 213), algo así podría haber ocurrido en alguna ciudad del territorio vascón como Jaca o Calahorra. Los beneficiados no habrían sido solo los legionarios sino algunos pueblos que hubieran colaborado, como el caso de los vascones.
Cuando, por ejemplo, se destruyo Calahorra en el 72 a. C., los romanos llevaban ya 140 años recorriendo los territorios más próximos y llevaban varias generaciones reclutando indígenas para sus milicias. Incluso las tierras sobrantes en el reparto eran alquiladas, probablemente a indígenas, y quedaban sujetas al pago de una tasa. Apiano cita a los iberos y lusones errantes que huían del ejército romano como repobladores de la recién edificada ciudad de Cómplega en el 181 a. C. Se trata, en verdad, de una fundación autónoma surgida de las inestabilidades coyunturales que convertían amplios territorios en tierra de nadie (FB, pág. 235).
Lo que queda claro es que al llegar las tropas romanas a un lugar estas no tenían ningún propietario legal a efecto de las administraciones romanas. Aquellas tierras no eran más que un terreno de nadie que inmediatamente sería regido según las leyes romanas. Se pondría en marcha entonces el inmenso cuerpo jurídico romano que implicaba una nueva reurbanización del espacio, del orden y de las leyes. Las tierras eran traspasadas a sus nuevos dueños, hombres libres con derecho a la propiedad de las tierras. Los que se adueñaron de ellas fueron, en muchos casos, indígenas licenciados del ejército a los que ya les había correspondido la ciudadanía romana. Desde muy temprano se reclutaron efectivos indígenas para las legiones. El famoso Bronce de Ascoli es una placa del 89 a. C. en la que se concede la ciudadanía a los componentes hispanos de la turma Sallutiana. Hay un encendido debate sobre los nombres que ahí aparecen. En contra de la opinión de Villar y Untermann, Gorrochategui encuentra indicios de la lengua vasca en algunos de estos antropónimos (JG2, pág. 629). En cualquier caso, los historiadores son unánimes a la hora de encontrar una relación entre el nombre de las cohortes que se formaban y la procedencia de sus componentes. La cohors II Vasconum civium romanorum es aludida en Germania, Budapest, Gran Bretaña y Mauritania (SA2, pág. 135ss; GO3, pág. 51).

A partir de aquí voy a realizar un análisis de las entidades creadas por los romanos, para comprender mejor el contexto socio-político en el que, por fuerza mayor, estuvieron integrados los vascones.

Cecas: En el capítulo sobre los barskunes hemos hablado de las cecas o establecimientos oficiales donde se acuñaban monedas y de cómo estas se constituían como verdaderos emblemas de las ciudades. Eran un indicio patente de su status y de su rango jurídico, y cada una de ellas se hacía diferenciar con algún elemento de tipología propia, diferencias iconográficas que eran señal de su independencia (FB, pág. 336-350). La metrología, el sistema monetario oficial de pesas y medidas, estaba regulado por las autoridades romanas, pero el desarrollo propio que se aprecia en las cecas es signo de la laxa presión que ejercía el mundo romano, que permitió incluso acuñar con el signario indígena. Las comunidades indígenas fueron actores decisivos en las luchas externas (guerras celtíberas) e internas (guerras sertorianas) de Roma. Se puede establecer un paralelismo entre estas guerras y la ampliación del número de cecas (FB, pág. 251). Las ciudades se hacen responsables no solo de la acuñación de moneda (entre el 160 y el 45 a. C.), sino también de una industria metalúrgica que servía para el abastecimiento de las legiones. Eras estas medidas extremas por las que se financiaba de manera rápida el pago de los salarios de los indígenas integrados en el ejército. La normalización estricta de este fenómeno de las cecas no se comenzó hasta que se pacificó el territorio (FB, págs. 313ss).
El de los vascones fue un pueblo privilegiado con respecto al derecho de acuñación de monedas. La actitud suya con respecto a los invasores romanos pudo haber jugado un papel importante. Recordemos que los vascones no se mostraron en ningún momento hostiles a los invasores ni se alinearon jamás en contra de Roma. No hay ni una sola fuente que deje constancia de algún tipo de enfrentamiento entre ambos pueblos, algo que sí que ocurre con sus convecinos.
Como recoge Luis Núñez del lingüista alemán Untermann, de los 103 lugares de Hispania emisores de moneda 10 estuvieron situados en territorio vascón. Es un número muy significativo sabiendo, sobre todo, que en la península hubo una proporción de cecas mayor que en el resto del Imperio Romano (APL2, pág. 9; VF, pág. 149). De todas estas monedas apenas se conservan algunas emitidas por los vascones con caracteres ibéricos, el resto están escritas en latín. Las ciudades de los vascones no estaban, por lo tanto, tan desvinculados del entorno cultural en el que vivían como pueda parecer en un principio y debieron de dominar ciertas habilidades para poder ejercer este derecho. Es evidente que el privilegio concedido por Roma para tener una decena de cecas donde pudieran imprimir su moneda es, ya de por sí, motivo suficiente para pensar que su organización socio-política estaba a la altura del resto de las de su entorno.
Aquellas primeras cecas que son identificadas como de tipología vascona (rostro característico y jinete con arma corta) son, en orden de importancia: ba(r)skunes, arsaos, bentian, sesars, arsakos-on, omtikes, tirsos, umanbaate y olkairun. Algunos autores apuntan a que alguna de ellas podrían haberse acuñado en territorio várdulo (FB, pág. 332). Otras que también se encontraban situadas en territorio vascón son: alaun/ Alagón, de estilo ibérico; sekia/ Ejea, kalakorikos/ Calahorra, kaiskata/ Cascante y iaka/ Jaca, de estilo celtibérico. Ya habíamos comentado que las cecas acabadas en -n bentian, bolskan y olakairun y la ciudad de Alaun pudieran proceder de algún tipo de flexión gramatical vasca. En cuanto al sufijo –oz de arzaoz y tirsos conviene tener en cuenta que la terminación –s del ibérico era, según Orduña, marca de gentilicio (EOA, pág. 286). Los actuales topónimos que emergen en el oeste pirenaico (y en nuestro valle: Gares, Sotes, Agos, Olcoz) bien pudieran estar vinculados con él.


Durante las guerras celtibéricas desde el año 155 hasta el 133 a. C. con la caída de Numancia, el espacio vascón fue un importante punto de acuñación de monedas en el norte  peninsular. Algunas de ellas no son fáciles de adscribir a los distintos grupos étnicos. Fuente: Francisco Burillo 1997, pág. 251.

La más importante de todas las cecas de estilo vascón es la de los barskunes. Es, precisamente, la más antigua de todas, fechada hacia el año 150 a. C., 75 años antes de que Tito Livio nombrara por primera vez a los vascones en sus escritos. Como ya hemos señalado anteriormente algunos autores como Untermann o Villar no asocian los barskunes con los vascones, esgrimiendo razones etimológicas y el hecho extraño que supone que una etnia acuñe moneda. La acuñación era coto exclusivo de las ciudades-estado que eran las gestoras de la administración a la llegada de los romanos a la península. Esa es la razón por la que en el capítulo anterior sobre los barskunes me he inclinado por la opción de que esta leyenda hiciera referencia a una supuesta “ciudad de Barsko” que, como muchas otras que figuran en la epigrafía de las monedas, no fue nunca citada por las fuentes literarias.
Se conoce un denario híbrido que puede dar una pista sobre la localización de la ceca ba(r)skunes: el anverso es de la ceca Arsaos y el reverso de Baskunes (IA, Internet). Andreu (AP3, pág. 96) tras los descubrimientos en la ciudad romana de Campo Real, a medio camino entre Sangüesa y SOS del Rey Católico, sitúa la ceca de Arsaos en esa misma ciudad de Campo Real. Esto dato da pie a pensar que la ceca barskunes no andaría muy lejos de aquel lugar de las inmediaciones de Sangüesa. Canto ya había sugerido que estuviera en Rocaforte, la antigua Sangüesa (AC, pág. 65).
Como hemos comentado en el capítulo anterior, en muchas de estas cecas se intuyen indicios lingüísticos de rasgos eusquéricos, y una gran mayoría de ellas, ba(r)skunes, bentian, unambaate, arsakos, arsaos, sekia, bolskan, sesars, iaka estaban unidas por la presencia de una serie de marcas que las agrupaban: benkota, eta on, on y bon (BV, pág. 116). Parece que la ceca de bentian que también acuño en plata, acabó sustituyendo en el siglo I a. C. a la de barskunes. En el anverso llevaba la misma leyenda benkota que la de barskunes (FB, pág 319).
Si alguna conclusión se puede extraer de todo ello es que la ceca más importante de los vascones es la de los Ba(r)skunes, que estaría situada en el cuadrante noreste de Navarra y que algún dato indica que pudieron haber sido de habla vasca. También supieron doblegarse bien pronto a los romanos, razón por la que pasaron desapercibidos. A partir de que los demás pueblos de etnia ibérica y celtíbera fueron perdiendo sus respectivas guerras con los romanos (Numancia 133 a. C., etc.), los vascones fueron capaces, desde el norte y al abrigo de los valles intrapirenaicos, de organizarse para hacerse fuertes en las tierras baldías abandonadas por aquellos. No fue un proceso de expansión, sino más bien de consolidación donde ya estuvieran, aunque fuera en minoría. El etnónimo, por el contrario, sí sufrió un proceso de difusión, seguramente favorecido por la fuerza que fue tomando la etnia vascona, y es utilizado ya en siglo I d. C. por la administración romana para designar a toda la margen izquierda del valle medio del Ebro (FB, pág. 344). La onomástica vascona que aparece en el sur de Navarra y en otras zonas adyacentes como La Rioja, Soria y Aragón pueden ser ya fruto de esta preponderancia vascona en el trifinium que conformaba esta zona del Ebro.

Villas: Un concepto primordial en el ámbito del imperio romano era el de la villa. Esta comenzó siendo una avanzadilla de la ciudad que irrumpía en el campo indígena y que acabaría ocupando los mejores emplazamientos. La villa tuvo su máximo apogeo en el siglo III d. C. Era evidente que las villas se beneficiaban de las condiciones de superioridad que les otorgaban ciertos favores. No solo estaban ligadas a las oligarquías urbanas, sino que disponían de un ingente número de esclavos para la producción a gran escala de la triada de alimentos que los romanos demandaban con gran vorágine: cereal, vino y aceite. Se sabe que como trofeo de guerra el enemigo era vendido como esclavo y mandado al lugar más lejano posible. Roma aprendió pronto que la esclavitud era motivo de resentimiento y odio en el pueblo subyugado y que la disposición de esclavos indígenas no era más que un buen germen de cultivo para futuros levantamientos. El concepto de degradación del esclavo era tal, que cuando Varrón habla de los medios con los que se trabaja una finca, los distingue en tres partes: los que hablan, o sea los esclavos, los que parece que hablan, los animales, y los que no hablan, por ejemplo, los carros. El trabajo de la villa ha sido minuciosamente analizado por autores como Catón, Varrón, Columela y Vitrubio (APL1, pág. 244). El personal de la villa se componía, además de los esclavos, del capataz, los encargados y temporeros, con todas sus respectivas familias, que conformaban un cantidad aproximada de entre 50 y 100 personas. En este estado de las cosas el indígena tenía que familiarizarse como fuera con el nuevo sistema si no quería caer en las redes del esclavismo. El trato comercial con los centros romanos le acabaría reportando, a la larga, un desarrollo económico como no había alcanzado nunca y que le ayudaría a prosperar.
Observando las villas navarras de Liédana y Arellano uno se puede hacer muy bien una idea de la actividad que allí se desarrollaba. En nuestro valle tenemos la villa de El Mandalor, descubierta en el 2005 en las cercanías de Legarda, construida de manera expresa y conforme a proyecto por algún acaudalado ciudadano que venía dispuesto a hacer negocio con la uva en el siglo I d. C. (MR, pág. 94).
Importante es constatar que la villa sufrió en el siglo V/ VI grandes transformaciones que fueron consecuencia de los convulsos tiempos de la caída del Imperio en los que los vascones se quisieron adueñar de los grandes latifundios de la aristocracia hispana. Tema que trataré en el capítulo sobre la Alta Edad Media.


Reconstrucción hipotética de la villa romana de El Mandalor de Legarda en el siglo II/ V d. C. Fuente: Ramos Aguirre 2011, pág. 95.



Mansiones: Estas estancias eran ubicadas, por lo general, al borde de las calzadas romanas y servían para el disfrute de los mandos en sus viajes a lo largo del imperio. Con el tiempo sirvieron de acomodo también a los viajeros que gozaban en ellas de las estancias propias de una posada con todos los lujos: termas, habitaciones, establos, etc. El Itinerario de Antonino, una relación de rutas para orientar al viajero, fue el primero que había hecho alusión, al describir la calzada que iba de Astorga a Burdeos, a la Mansio de Aracaeli que los expertos situaban desde hace años, por su homofonía, en la zona de Uharte-Arakil. Los trabajos arqueológicos realizados en el monasterio de Zamartze de esta localidad han sacado a la luz unas restos de estructuras de la época romana que se identifican con los de la mansión (AM, pág. 295ss).
Esta mansión cobraría relevancia a mediados del siglo V, cuando el cronista Hidacio describe las revueltas de los bagaudas de Aracelli que camparon a sus anchas por la zona. El foco de actividad que allí se generó fue causado por las mismas legiones romanas, constituidas en su mayoría por elementos indígenas vascones que, a estas alturas de la crisis, disentirían ya abiertamente de sus superiores romanos. Sus correrías serían el preludio de una época que trasformó el espacio navarro y que generó un nuevo tiempo que analizaremos en el espacio dedicado a los bagaudas del siglo VI.

Ciudades: He querido dejar para el final el epígrafe sobre las ciudades, porque es el que más pistas nos puede aportar sobre los hábitos y la estructuración social de los vascones. El mayor problema que existe es que los vascones no tienen su lugar en la historia como poseedores de una cultura material caracterizante, como sí que ocurre con otros pueblos. Según Armendáriz, de los 261 yacimientos inventariados adscribibles a la Edad de Hierro en Navarra, 176 son aportaciones originales suyas (JAM, pág. 320). En este aspecto todavía se necesita realizar mucha labor para profundizar en la búsqueda de esa cultura material homogénea que necesitamos para poder extraer un mínimo de conclusiones. Y si a esto añadimos que el pueblo vascón ha sido ágrafo, pues resulta imposible acceder a elementos básicos que conforman la identidad de un pueblo como son su lengua, idiosincrasia o autoconciencia.
La entrada de los vascones en la Historia se desarrolla en un periodo de profundos cambios que presentan como principal rasgo la creación y ampliación de ciudades en el área del Ebro, algo que no se manifiesta de manera tan evidente en otras zonas de Hispania (FB, pág. 142). El hecho no es baladí ya que la vida social de la urbe lleva aparejada una serie de aspectos como es, por ejemplo, la aplicación de la escritura ibérica que alcanza su plena manifestación durante este periodo (FB, pág 255).  Vemos, como decimos que ha ocurrido con los vascones, que algunas de las etnias han surgido como proyección de las ciudades-estado, sobre todo en territorio ibero. Así sucede también con Edeta y los edetanos y Sedeis y los sedetanos (quizá Lutio y los lusones que se cree que son iberos, FB, pág 167). Burillo ya comentaba hace años que era este un comportamiento que diferenciaba a celtíberos de iberos, y que podría ser un indicio del papel que jugaron los grupos familiares en la región (FB, pág. 349).
Armendáriz, en su libro De aldeas a ciudades del que ya hemos hablado en el capítulo sobre los indígenas, descubre que el proceso de sinecismo o concentración de la población que se desarrolló en la Navarra meridional, en donde en un espacio en el que se han inventariado 20 asentamientos del siglo V a. C. aparecen tres oppida en la etapa inmediatamente posterior (Francisco Burillo/JAM, pág. 20), no es válido para el resto del territorio. Este tipo de modelo, de influencia celtíbera y comúnmente llamado oppida, castro o ciudad-estado, decrece exponencialmente a medida que nos adentramos en la Navarra nuclear y pirenaica. Es importante recalcar, por lo tanto, que en las áreas más septentrionales de la provincia no se registra con tal intensidad la desaparición de pequeños poblados y castros que se iba expandiendo desde mediados de la Edad de Hierro, sino que estos permanecen habitados y en algunos casos incluso se repueblan.
Por la geografía española sí que hay repartidos, en cambio, multitud de castros y ciudades iberas y celtas, muchas de las cuales fueron un referente durante la época. Las dimensiones de algunas de ellas llegan a ser, en ocasiones, descomunales, como es el caso de las 200 hectáreas que alcanza La Ulaña, en la zona de Las Loras en el Norte de Burgos. En comparación, las dos hectáreas de los recientemente descubiertos castros de Irunzu e Irulegui resultan exiguas. Estamos hablando casi más de una aldea que de una ciudad. El descubrimiento en la cuenca de Pamplona de estas dos diminutas oppida le ha permitido a Armendáriz iniciar una nueva línea de investigación “cuyos primeros frutos hacen destacar el control geopolítico ejercido por estos dos asentamientos en detrimento de los pequeños castros y aldeas que caracterizan el poblamiento del fondo del valle” (JAM, pág. 232). Lo más probable es que la influencia que estas dos oppida ejercieran sobre el territorio fuera directamente proporcional a su tamaño. La densidad popular de una población de este tamaño no podría abarcar un territorio muy amplio.
Y no es precisamente de falta de espacio de lo que adolece la cuenca de Pamplona. El valle es suficientemente diáfano como para albergar ciudades de gran extensión, pero a pesar de ello parece que es la dinámica de los pequeños castros la que dominó la zona. Es de suponer, por consiguiente, que ese sería el tamaño máximo que alcanzarían los castros vascones y que, a partir de ahí, la distribución espacial del poblamiento sería en pequeñas aldeas. Lo mismo sucedería en el área de confluencia del eje SOS-Sangüesa que albergaba gran cantidad de ciudades como las de Ilumberri/ Lumbier, Arsaos/ Campo Real, Nemanturissa/ cerro de Santa Cris (?) y las de Bañales/ Tarraca (?), Ejea, Sofuentes y Santacara, a la que habría que añadir la ciudad de Barsko de los ba(r)skunes.
Es muy posible también que aquellos vascos no necesitaran de la protección de un gran castro amurallado que fuera capaz de albergar a un gran contingente de población, dada la condición orográfica del terreno. Ya lo comentaba el mismo Higinio (APL1, pág. 254) cuando aseguraba que los pueblos de esta zona escogieron montañas inaccesibles para hacer de ellas una defensa natural. Como ya hemos comentado en el capítulo sobre las comunidades indígenas, a la llegada de los romanos los nativos vivían en aldeas con chozas construidas con una arquitectura de materiales sencillos heredada de la Edad del Bronce. La tipología del recinto fortificado tan estructurado como el de Las Eretas en Berbinzana sería excepcional en la zona mientras en el sur de Navarra era más normal. El mismo San Isidoro de Sevilla (562-636) lo comenta en sus Etimologías, cuando dice que los poblados vascones estaban únicamente formados por casas y no tenían murallas (APL, pág. 277). Las casas eran habitáculos construidos con palos, cañas y ramas, aunque también habla de tejas, ladrillos y adobes; el tugurium era una casucha diminuta que construyen los guardianes de las viñas como refugio y las capannae o cabañas eran tan pequeñas que solo acogían a una persona. El campesinado acostumbraba a celebrar las reuniones en las encrucijadas de caminos, lo que da una idea de su dispersión en pequeños caseríos. Ante el menor peligro huirían al monte con la certeza absoluta de que aquellos parajes nunca serían ni usurpados ni centuriados, dada la poca importancia que mostraban los romanos por los terrenos de pastoreo.

Con la proliferación de pequeños castros y aldeas, los romanos no lo tendrían nada fácil para imponer su hegemonía. Mientras en el sur de Navarra conquistar una ciudad como Calahorra supondría abarcar un basto territorio, aquí no sucedería lo mismo. Los romanos habrían acabado rendidos a la evidencia, conquistando exclusivamente las ciudades más convenientes por su situación política y estratégica, a pesar de que estas, por sí mismas, no eran garantes de un dominio efectivo de ninguna amplia zona. El campamento sertoriano que se estableció en el Alto de Santa Cruz de Aranguren, justo en frente del castro de Irulegui, es testimonio de aquellas luchas excepcionales entre vascones y romanos. Del mismo modo acabaría también conquistado el castro indígena emplazado en Andelo. Es muy lógico pensar que ceder las mejores tierras y los mejores lugares para edificar sus castros habría sido la primera concesión que hubieran hecho los vascones. Muestra de ello son las ciudades de Pompaelo y Andelo que están situadas en sendas ripas del Arga, en terrenos privilegiados. Pero habría otros muchos castros que no habrían sido destruidos y que pudieron haber acabado en la órbita de las ciudades romanas que fueron emergiendo. Algunos de ellos, como es el caso de Iruñela y Rezumendía en Guesálaz, que muestran altos niveles de romanización, pudieron haber desempeñado, como sugiere Armendáriz (pág. 307), alguna función administrativa en delegación de la ciudad de Andelo. Valdizarbe no queda al margen de esta tendencia y los terrenos más fértiles, como son los fondos de los valles, o los puntos mejor comunicados o más estratégicos habrían sido expropiados para el aprovechamiento de los romanos. El Mandalor, la villa romana de Legarda, es una buena muestra de este proceso. Las montañas y las laderas menos adecuadas para la agricultura, aunque sí para el pastoreo o como masa forestal, habría continuado sirviendo a los vascones como modus vivendi.
Las ciudades romanas son perfectamente trazadas y la mayoría cortadas por el mismo patrón: un eje muy bien delineado, con su kardo y su decumano, sus termas, cloacas, etc. Destruir una ciudad para los romanos sería casi como una bendición ya que a partir de ahí podrían realizar la nueva redistribución. Pero la urbanización no solo aglutinaba a la urbe sino también al campo, que era la principal fuente de suministro de alimentos. Los gromáticos, agrimensores de hoy, eran los que establecían mojones, calculaban la orientación de las centuriaciones para hacer el reparto de tierras, establecían las normativas para hacer la inscripción de las piezas, para saber con qué lindaban y hasta dónde llegaban. Los límites que podía tener una ciudad podían abarcar unos 10/ 15 Km. de radio a partir del centro. Algunos de los campesinos pernoctarían al abrigo de las murallas, pero los más alejados vivirían en las pequeñas aldeas del extrarradio.

Los miliarios encontrados en Oteiza, Añorbe, Artajona y Berbinzana señalan a Andelo como kilometro cero e importante cruce de caminos de una ciudad que tenía 18 hectáreas y 2.500 habitantes.
Merece la pena que nos detengamos un momento sobre Andelo, la primera gran ciudad con la que se topaban los romanos cuando, dejando atrás la ribera del Ebro, se internaban en pleno territorio de los vascones. Aunque los andelonenses aparecen en la historia más tarde que los pampilonenses (citada por Plinio y Ptolomeo en el s. I), Andelo es ciudad anterior a la de Pompaelo y se erigió como el centro cívico romano más importante de la Zona Media de Navarra, a medio camino entre Pamplona y el Ebro, y muy cerca del entorno de Valdizarbe y Valdemañeru, sobre cuyos habitantes poseía jurisdicción.
La ciudad se edificó sobre un antiguo poblado indígena que había sido construido en el siglo IV a. C. Había absorbido algunas otras poblaciones cercanas como Matacalza, que había sido abandonada de manera pacífica. Pero a su alrededor, en general, no se había detectado un proceso aglutinante de sinecismo semejante al observado en la Navarra meridional (JAM, pág. 268). Durante los siglos II/ I a. C. Andelo vivió un auge demográfico y social que le llevó a conformar la ciudad cuyos restos hoy contemplamos, aunque no debió de ser tan significativa como para gozar del derecho de acuñar moneda. La epigrafía romana repartida por la zona parece mostrar una distribución bastante homogénea de antropónimos y teónimos vascones, iberos y celtíberos que dan una idea claramente poliétnica de la sociedad. Gorrochategui lo describe de esta manera: “Algunos lugares como Andelos, situado en la zona central, debieron ser lugares multilingües en los últimos decenios republicanos, a juzgar por los datos que nos ha revelado: mosaico con inscripción ibérica (cf. § 5) hecho por un celtíbero originario de Bilbilis llamado Likinos y antropónimo ibérico (Urchatetelli) pronunciado a la vasca”. Beltrán y Velaza muestran también su desconcierto ante este mosaico:  “Andelo, para el que no hay consenso ni sobre la lengua ni sobre el sistema gráfico en el que está escrito” (BV, pág. 120). González Ollé comenta: “Los antes citados ediles de Andelo […] utilizan el sistema de filiación indígena: cognomen del padre y no praenomen, es decir son indígenas romanizados” (GO3, pág. 123).

Si nos centramos en el análisis etimológico del topónimo Andelo, podemos extraer algunas conclusiones. Algunos autores como Villar/ Prosper sugieren que el primer miembro del compuesto, and-, podría ser un antroponímico celta (VP, pág. 437/ 486), aunque ellos mismos reconozcan que ni el nombre es común en Hispania ni hay posibilidades de que un antropónimo indígena haya compuesto un topónimo tan importante. Michelena también sugiere para el actual Andoain y el medieval alavés Anduiahin (1025) un antropónimo como primer elemento (LM3, pág. 47). Recordemos también los topónimos más próximos de Andiuz y Adiós (MB1-47) y los que Albertos cita en una inscripción romana de Álava: (A)ndioni y (A)ndionis (MB1, pág. 314). El procedimiento sí que se habría utilizado, por ejemplo, para componer el topónimo Pompelo (‘ciudad de Pompeyo’) o, quizá, Graccuris (‘ciudad de Graco’), pero es verdad que parece bastante menos incierto que algo así hubiera sucedido con Andelo. Durante la Edad Media la designación de pueblos partiendo de antropónimos fue una iniciativa común, pero parece poco factible que aquellas modas existieran 800 años antes, en el siglo IV a. C., fecha de datación para la fundación de Andelo.
Para Villar, Andelo genera inequívocas dudas, ya que la localización del compuesto -il- al final de la frase lo hacen ambiguo, pudiendo ser el apelativo vasco-ibero para ‘ciudad’ o un sufijo indoeuropeo –ilo. Encuentra para él también un eco fuera de la península, en el Anzilijas (Antilio) de Anatolia  (FV5, pág. 141). No sé si Villar se muestra demasiado quisquilloso a la hora de analizar el término. Una formación de Andelo análoga a la de Pompelo es lo más adecuado, pero parece no darle importancia. Él mismo cita un conjunto de raíces que “simplemente no tienen ninguna posibilidad de etimología indoeuropea”, entre las que incluye *an- (FV3, pág. 275) (véase, por ejemplo, Andrista en Italia o Andura en la Bética).
Cuando recopilé información sobre el vocabulario de Valdizarbe y de Valdemañeru hubo un par de voces que me llamaron la atención: anderete (hormiga alada) y andosco (cordero de dos años), (véase el apéndice [11.5.1] de mi diccionario FPL). Ambas voces se componen de un primer elemento An(d)- y un diminutivo final romance -te y vasco –ko. Solventé mis dudas cuando acudí a un trabajo de  Gorrochategui y Lakarra sobre la reconstrucción del protovasco: andos y andere están atestiguados en la onomástica aquitana y significan ‘señor’ y ‘señora’, con los elementos –(d)os ‘varón’ y –(d)ere ‘hembra’, unidos a un elemento an(d)-, que relacionan con handi ‘grande’ (GL, págs. 120ss; JG2, pág. 634). Las dos voces se corresponderían con los significados de ‘gran varón pequeño, señorito’ y ‘gran hembra pequeña, señorita’. Curiosamente, andosco es voz de la que no se tienen noticias en el euskera (‘señor’ se dice jaun, préstamo ibérico), pero que, por el contrario, se ha conservado admirablemente en Aragón y La Rioja. Como se puede comprobar, no sólo la toponimia nos aporta sorpresas, sino que también hay que fijarse a veces en el vocabulario local que suele aportar curiosidades como esta. Lo que se nos plantea aquí es una pregunta trascendental: ¿Es este también el elemento que aparece en la primera parte del topónimo Andelo?
Así lo sugiere García Alonso cuando relaciona Andelo con el antiguo nombre andosini de la moderna Andorra, admitiendo que “podría significar en una lengua o dialecto eusquérico ‘la grande’ (cf. vasco (h)andi ‘grande’)” (GA, pág. 66). Son varios los autores que no solo sugieren esta posibilidad, sino que le dan bastantes visos de ser cierta (Villar /Prosper en VP, pág. 486/495?; Sayas Abengoechea en NHN, pág. 59; Vidal en JV, pág. 116; Sádaba en AP1, pág. 135). Gorrochategui/ Ramírez proponen, de hecho, para el teónimo vasco-aquitano Andose “un epíteto de la divinidad con el significado de Dominus”, confirmando de manera tácita la etimología de ‘señor’ (GR, pág. 133).
Para González Ollé, en cambio, esta estructura no parece posible, ya que el orden de las composiciones vascas suele ser contrario: nombre y adjetivo, como en ilumberi ‘ciudad nueva’ (GO3, pág. 68). Pero como se aprecia, en voces como andos, andere y, como ahora veremos, ahuntz, an- forma un sufijo que actúa de manera diferente, anteponiéndose a la palabra.
Para Gorrochategui y Lakarra el sufijo an- es una de esas raíces identificadas y que sirven como ejemplo para elaborar la teoría del protovasco (VF, pág. 411). La reconstrucción de la palabra ahuntz ‘cabra’, podría ser un exponente claro de este proceso: la h procede de una anterior n, como sucede con las palabras latinas (h)onorem > ohore, arena > harea, anate > ahate, leonem > lehoin y el mismo glotónimo vasco heuskara < *ehuskara < *enuskara. La voz original sería por lo tanto *an-huntz, ‘gran hiedra’, por la forma que adopta la cornamenta de la cabra (JL2, pág.331; II, pág. 33/54ss). La misma voz handi ‘grande’ se podría descomponer en han- más un sufijo -di que también aparece como componente en otros vocablos como loti ‘dormilón’ y beldurti ‘miedica’ (GL, pág. 119ss).
He encontrado un trabajo que remite a Corominas y que asegura que el topónimo onubense Andévalo significaría ‘la gran muralla’, compuesto del prefijo celta ande- con valor aumentativo ‘muy’ (GOR, pág. 423). El trabajo es antiguo y, como ya hemos comentado, Villar ya ha dejado clara la procedencia no indoeuropea de este sufijo.
En una combinación perfectamente admisible, a Andelo le correspondería el mismo componente an(d)- de las voces que he citado, más el elemento apelativo -ilo ‘ciudad’, viniendo a significar ‘gran ciudad’. Si se pudiera confirmar esta traducción estaríamos ante un hecho bastante concluyente de la condición euskaldun de los habitantes de Andelo en el siglo II a. C., …¿o quizá en IV a. C., cuando se fundó la nueva ciudad que absorbería a las de su entorno? Que las élites hubieran sido capaces de otorgar un nombre vasco a la ciudad puede llegar a ser significativo desde el punto de vista sociopolítico. La ciudad de Andelo sería una muestra del poder de las élites de etnia vasca. Estas también supieron hacerse un hueco en el entramado cultural que suponía el trifinium donde el mando solía corresponder a iberos y celtíberos. Velaza comenta al respecto: “Sólo para el territorio andelonense y la zona media de Navarra hay evidencia de uso del vasco antiguo, aunque es probable que ese uso se extienda también a buena parte del territorio comprendido entre las ciudades vasconas de Ptolomeo” (II, pág. 79).
Señalar también como curiosidad que, en el medievo, el apellido Andelo fue bastante común en la zona de Baiona y aún hoy en toda Francia, y que el toponimo Andelot es común en el sureste francés, encontrándose hasta tres ciudades con este nombre, con un final -t (típico de los hidrónimos no indoeuropeos, VF, págs. 262/269), también común por nuestros lares, para componer antropónimos como Beñat y Oñat (Eunate).
Aunque, sin lugar a dudas, el elemento que más pistas nos podría aportar sobre la lengua de los vecinos de Andelo es el opus insignum que se encontró sobre el pavimento de una de las casas más opulentas del recinto. El mosaico contiene una importante inscripción de caracteres paleohispánicos. El debate sobre la lengua con la que está escrita todavía no está cerrado. Luján comenta que “Velaza ha sugerido que estamos ante un texto escrito en signario celtibérico, pero cuya lengua sería la propia del lugar en que ha aparecido, es decir, vascónica” (PH10, pág. 291), lo que nos situaría ante el epígrafe vasco más antiguo (véase también en Velaza en AP4, págs. 54ss).


Inscripción del opus insignum de Andelo. Fuente: Folleto del Gobierno de Navarra, editado por Sección de Museos, Bienes Muebles Arqueología.


La inscripción reza así: likine : abuloŕaune : ekien : bilbiliaŕs. Gorrochategui sí reconoce la marca del verbo ekien como euskera egin. Comenta que si se sigue la línea de analizar ekien como forma verbal del campo semántico de ‘hacer’, no tendría mayores inconvenientes como forma de pretérito de singular de una forma vasca, sin z- inicial como en vizcaíno zegien (JG3, pág. 82). Sin embargo, no está del todo convencido de que la inscripción sea vasco-ibérica por la falta de la marca de ergativo (“pasivo”) –te que sí aparece en una inscripción similar que apareció en Caminreal (Soria): likinete : ekiar : usekeŕteku. Para Luján, sin embargo, esto no es ningún inconveniente y le responde asegurando que en euskera, como en el resto de las lenguas ergativas, también existen maneras antipasivas de construir una frase. Para probarlo, expone como ejemplo una forma antipasiva que todavía hoy en día se utiliza para decir “He escrito muchas cartas”: Gutun hau zuk idatzia da/ Ni gutun asko idatzia naiz (PH10, pág. 298). En la segunda frase, sin ser una construcción activa, falta la marca de ergativo –k. (Véase también Orduña, PH10, pág. 331). Como se aprecia, el debate está servido.

Cuando uno piensa en la dicotomía Ager Vasconum/ Saltus Vasconum con la que se nos ha querido describir la sociedad vascona durante tanto tiempo, contraponiendo a un ager civilizado, un saltus arcaico, uno no puede más que mostrar su disconformidad. Como bien comenta Jordán (pág. 163) esta división ya está superada. Ambos términos, el ager de Tito Livio y el saltus de Plinio el Viejo, no son otra cosa que medidas comunes de superficie con las que los romanos quisieron denominar dos áreas que conquistaron en distintos intervalos de tiempo, sin que ello implicara ninguna diferenciación ni con respecto a la calidad cultivable del campo ni al desarrollo cultural de sus gentes (APL1, pág. 162).
La división real habría que buscarla quizá de una manera más pragmática, basándose en una serie de parámetros, como muy bien hace Julia Pavón Benito en su libro Poblamiento altomedieval navarro. Ella distingue entre las Tierras nuevas y Riberas, la Navarra nuclear/ primordial y los confines trasmontanos. En cuanto a la Navarra nuclear asegura: “la Navarra originaria, del resorte montañoso que aglutinó las cuencas y valles intrapirenaicos a cuya cabeza figuraba la civitas de Pompaelo, de poco más de 5.600 m2, describe una retícula de poblamiento propia. Los modos de organización del territorio, tardorromanos, articulados sobre villae y loci, unidades de explotación económica… presenta ya en los siglos X y XI una densa trama de ocupación del suelo, con un total de 1049 asentamientos campesinos” (pág. 39).
Esta retícula de poblamiento propia a la que hace referencia Julia Pavón podría no ser en nuestra zona de origen tardorromano sino algo anterior, como ya hemos demostrado en el capítulo sobre las comunidades indígenas. Razones de ámbito orográfico, climático y socio-político han influido de manera general sobre las formas de vida de estas comunidades, forzándoles a escoger el tejido poblacional que más les convenía, el que les era de más provecho. Ya lo comentaron Varrón y Columela advirtiendo que la presencia caballar en el campo es prácticamente inexistente y que la tierra se maquinaba exclusivamente con bueyes, mejor adaptados para las distancias cortas. El radio de acción del campesino vascón sería relativamente corto, una forma de vida que aún hoy en día se puede observar sobre el terreno, ya que la distancia entre los centros humanos en Valdizarbe no suele exceder de los dos kilómetros.
Recordemos que hay otros indicios de que las formas de vida no hayan cambiado tanto desde el siglo II/I a. C. hasta la actualidad. No solo la distribución espacial de las aldeas se ha podido mantener intacta, sino también la forma de trillar. Varrón (APL1, pág. 236ss) nos describe el trillo común, en cuya parte inferior de la tabla se clavan piedras y trozos de hierro con aristas y puntas cortantes para hacer la parva, y también de otro tipo de trillo muy particular: varias tablas provistas de ruedas dentadas sobre las que se colocan sentados el conductor de los animales que lo arrastran. Sorprende comprobar como Varrón describe dos aperos de campo que han estado funcionando sin alteración alguna durante los siguientes dos milenios. Nuestros abuelos dispusieron, para laborear el campo, del mismo material que los vascones de la época romana.
El mismo autor cita los graneros típicos de Hispania (APL?, pág. 98). Estos se ubicaban por encima del suelo para que estuvieran ventilados por paredes y suelos. Este tipo de construcción, denominada actualmente como hórreo, era más típica de las zonas húmedas, aunque también debió de construirse por la zona. Un claro ejemplo de ello es el monumental hórreo de Iracheta en la Valdorba, construido con toda probabilidad hace más de mil años. Columela también habla de los graneros excavados bajo tierra para aquellas zonas que no fueran muy húmedas. La villa de El Mandalor conserva intactos los silos subterráneos donde se guardaba el cereal.
Realizando un pequeño análisis de las tres zonas que distingue Julia Pavón se puede obtener una perspectiva de sus diferencias sociales y de cómo ha podido influir el modelo de estructura socio-política de la Zona Media para la conservación de la lengua vasca. La Ribera fue prontamente romanizada y latinizada, debido quizá también a un modelo de sociedad basado en la hegemonía de las grandes ciudades-estado que era una imitación de la que durante siglos habían mantenido los celtíberos y berones. Con la conquista de las grandes ciudades, la asimilación cultural ya sólo era cuestión de tiempo.
La Navarra nuclear (norte de Tierra Estella, Valdemañeru, Valdizarbe, Cuenca de Pamplona, Valdorba, Romanzado…) fue, al igual que la orilla del Ebro, prontamente romanizada, ya que el modo de vida que imponía el trabajo de campo era exactamente el mismo. Sus habitantes se encontraban necesariamente abiertos a las nuevas tendencias y eran conocedores de los nuevos avances. Pero, por el contrario, no fue latinizada. La distribución humana, con una dispersión de poblamientos poco común, motivó la conservación de la lengua.
Los Confines trasmontanos no fueron, en cambio, ni romanizados ni latinizados, por razón de que la cultura romana poco aportaba a una forma de vida más unida al pastoreo que a la producción agrícola y vitivinícola.
Recordemos que fue precisamente el fuerte impulso económico y demográfico que acarrearía la concentración de la población en las ciudades lo que creó un nuevo modelo político de estado. En general la ciudad incentiva un movimiento cultural que, desde luego, nunca lo podría impulsar el campo. Este debió de ser el motivo por el que iberos y celtíberos despuntaron en sus respectivos campos. La evolución tecnológica les llevaría, por ejemplo, a adoptar la escritura paleohispánica, mientras que los vascones, más ligados al agro que a una urbe de dimensiones más bien pequeñas, tenían sus intereses puestos en otro tipo de conocimientos. Los iberos comenzaron a escribir hacia el siglo IV a. C. y se mantuvieron así durante 600 años hasta su absorción como pueblo en el siglo II de nuestra era. Los celtíberos usaron esta escritura sólo durante los dos siglos anteriores al año cero.
Los vascones, por el contrario, se mantenía sujetos a su medio rural, fraccionados en pequeñas aldeas. Era una forma de vida a la que estaban fuertemente aferrados y a la que se habían aclimatado a pesar de lo duro de las condiciones. Pero este pueblo no se encontraba ni social ni cultural ni políticamente aislado. Y, sin embargo, se seguía manteniendo ágrafo.
Las producciones alfareras indígenas dejan al descubierto un sistema económico que circula a lo largo del valle medio del Ebro y que unifica socialmente las distintas etnias que allí se agrupan. Pueden ser este un indicio de sus continuadas relaciones y de un sistema social plurilingüe (FB, pág. 351).
Cuando Diocleciano promulgó en el 302 su edicto para la promoción del sistema económico que atravesaba una profunda crisis, habló de los jamones cerretanos de territorio ibérico y de la lana cantabra como productos que gozaban de gran prestigio (APL1, pág. 238). No serían los únicos que se aprovecharían del potencial que suponían las villas distribuidas por todo el imperio y de los contingentes militares que deambulaban sin cesar por los caminos. Entre los restos de alimentos encontrados en la villa de El Mandalor se ha detectado un consumo de ostras que vendrían de Burdeos que, como elemento perecedero que es, presuponía una buena red de carreteras (MR, pág. 102).
Y a falta de una cultura material que los identifique, el mayor testimonio de su identidad seguía siendo sus creencias espirituales. Porque la vehemencia con la que todavía vivían sus ritos ancestrales seguía latente. Ya lo habían atestiguado como ningún otro pueblo durante el Hierro Medio, en el siglo V a. C., erigiendo gran cantidad de crómlech en las alturas de los Pirineos (AAA, pág. 300?; JAM, pág. 133/181; véase mapa adjunto), y así lo iban a refrendar durante las siguientes centurias con la llegada de los romanos, ofreciendo aras votivas en nombre de sus propios dioses, en un grado que tiene difícil parangón en la historia del Imperio Romano de Occidente: “Anotemos que la proporción de nombres de divinidades o teónimos propios en Aquitania es muy alta para el conjunto del imperio romano, sólo comparable a la producida en el occidente de la península ibérica” (LN, pág. 56). Efectivamente, en el área cantabra ocurre tanto de lo mismo. Como ya estudió en su momento González Echegaray, son pocos los nombres de las aras cántabras con estructura y forma latinas y que no aludan a gentilidades indígenas (GE, pág. 24).
Por alguna razón que no deja de llamar la atención de los historiadores, dos franjas europeas registran uno de los mayores índices de inscripciones votivas romanas con divinidades o teónimos indígenas de todo el Imperio de Occidente. La primera se encuentra en la Aquitania vascona y la segunda recorre Navarra de noroeste a sureste, desde el valle de Yerri hasta las Cinco Villas zaragozanas, encontrándose Valdizarbe y Valdemañeru en el centro neurálgico de esta amplia zona. A pesar de ser una zona relativamente escasa en el número de yacimientos romanos en comparación con el entorno más próximo, sí que es rica, sobre todo, en la relación de teónimos indígenas, habiéndose documentado también algunos antropónimos vascones. Sin duda alguna, la razón de todas estas inscripciones habría que encontrarla en la normalización de relaciones establecidas entre romanos y vascones tanto en el ámbito económico-comercial como en el militar. Parte de este pueblo ya habría aceptado el latín como lengua culta, y seguramente también toda su patronimia, una moda que se iría extendiendo a través de los siglos, ya que siempre ha sido norma común avenirse a los nuevos nombres que iban implantando las culturas más avanzadas. Como bien comentaba Javier de Hoz en 1981: “Quienes podían permitirse el lujo de una lápida latina preferirían normalmente un nombre de tipo indoeuropeo” (LN, pág. 24).

De la misma forma que los romanos se mostraron siempre firmes en su decisión de someter a los pueblos a su marco jurídico-administrativo, también fueron permisivos con respecto a los rasgos culturales que caracterizaban a los pueblos conquistados. En general convinieron en ceder su espacio a las costumbres autóctonas y creencias religiosas indígenas. Y es de sobra conocido, como bien observa Gorrochategui (LN, pág. 60), que si un pueblo conserva su propia religión, toda la nomenclatura de los dioses perdura por más tiempo que la de los nombres de personas. Como también considera Luis Núñez (pág. 64), los nombres de las divinidades resisten mejor los embates de las modas y de las influencias externas que el de las personas, que son fácilmente contagiables. El caso del culto vascón es, por lo tanto, por dos motivos excepcional: por el empecinamiento que demostraron en mantener vivo el culto a pesar de la romanización y por haberlo hecho trascender hasta el día de hoy.
El ámbito de las creencias religiosas es, sin duda alguna, uno de los rasgos específicos de la idiosincrasia vascona. Así lo hicieron saber los cronistas en una biografía realizada sobre el emperador Alejandro Severo en el siglo II que concluye que este era muy versado en la ciencia de los harúspides y era un observador de aves tan experto, que aventajaba tanto a los vascones de Hispania como a los augures de Panonia. Baudemundo, biógrafo de San Amando, hablaría en el 650 de los vascos en los mismos términos, como adoradores de cultos paganos y no cristianos (SS, pág. 148/176).
La pervivencia pagana en el ámbito vascón ha quedado cantidad de veces recogida a través de los siglos. Como ya hemos visto en el capítulo sobre las comunidades indígenas, en algunos de los santuarios donde se desarrolló el culto pagano, este fue simplemente suplantado por el cristiano, como ocurrió en el caso de Echauri y Garisoáin en el valle de Guesálaz. El simbolismo que desprendían estos ristros era también compartido por otras cuevas de la geografía cercana que se convirtieron en conocidos eremitorios visigóticos. El área de toda la geografía hispánica que más arquitectura eremítica rupestre delata es la comprendida entre Valdegovía, al este de Álava, y San Millán de la Cogolla, en la Rioja. Zona, para entonces, seguramente vascona.
Pero quizá la mejor muestra de pervivencia pagana haya que buscarla en la actual mitología vasca. ¿Cómo hay que entender el hecho de que aquella cultura que tanto insistió en todo el Imperio Romano de Occidente en venerar a sus propios dioses haya sido precisamente la única que haya conservado, tras dos milenios, una mitología de índole preindoeuropea? Un conocido etnólogo vasco que aseguraba que el euskera era el único vestigio vivo de la cultura preindoeuropea, hubo de retractarse para añadir un segundo elemento: la mitología vasca. Ortiz-Osés lo expresa sucintamente: “Si el euskera representa la vieja lengua vasca, la mitología representa el viejo lenguaje vasco” (MU, pág. 40). Se conoce de sobre la influencia del ciclo lunar sobre el idioma vasco. Valga como ejemplo el que sirve Tovar relacionando gaur ‘hoy’ con gau ‘noche’ (MU, pág. 29).
El que sea la única creencia religiosa de toda Europa que tenga como deidad suprema a Mari, una diosa femenina, es un importante dato de diferenciación que la entronca con la prehistoria europea, y en concreto con la era que estamos repasando, en la que en este rincón de Occidente aún se adoraba a la madre tierra.
La reminiscencia matriarcal en los comportamientos sociales de los pueblos cantabros y sus convecinos ya habían sido atestiguada por Estrabón, cuando hablaba de las costumbres paganas que practicaban y continuaron practicándose hasta bien entrada la Antigüedad Tardía (SS, pág. 77ss; GE, pág. 23; FJL, pág. 126). Recordemos, por último, que fue la cultura urbana la que extendió el cristianismo, mientras que el paganismo quedó relegado al campo, de donde proviene. Pagano no significa en latín otra cosa más que ‘campo’. Los pueblos del norte no perderían su condición de paganos y bárbaros hasta bien entrada la Alta Edad Media.


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