2017(e)ko maiatzaren 17(a), asteazkena

Siglo V/ VI: La Antigüedad tardía


Introducción

Juan Antonio Quirós, hablando del paisaje altomedieval del País Vasco, remite a trabajos como los de Besga o Collins para asegurar que “el periodo tardoantiguo-altomedieval ha sido identificado por algunos autores como una verdadera bisagra, puesto que sería el momento en el que se gesta el particularismo de los vascos […] o se crean las condiciones para que perdurase la identidad vasca hasta la actualidad” (JAQ, pág. 29).
Penetrar en la historia altomedieval vasca ha sido hasta hace bien poco una tarea bastante ingrata, dado los pocos datos de que disponía la historiografía para analizar el tema con detalle. El puñado de testimonios que nos ha llegado por medio de las crónicas visigodas y francas no bastaba para sentar una teoría que sirviera de orientación a la hora de trabajar en una determinada dirección. Todo lo que se escribía, en mayor o menor medida, generalizaba. Los trabajos recurrían, irremediablemente, a los tópicos como consecuencia de la falta de datos que hablaran de aquellas comunidades. Si uno quería escribir un ensayo sobre el tema no tenía más remedio que imaginarse aquella vida.

Algunas de las circunstancias en las que se desenvolvían aquellas poblaciones parece que eran comúnmente aceptadas por todos: la conservación del idioma vasco que nos ha sido trasmitido hasta nuestros días, el culto cristiano que ha quedado testimoniado en los eremitorios del sur de Álava, la dinámica contraria a los poderes externos que muestran las crónicas… El ‘vascón’ medieval ha sido, al contrario que en la época romana, sinónimo de ferocidad y depredación.
Cuando a un pueblo se le identifica con la barbarie, eso suele ser signo de su insubordinación. El pueblo vasco de aquella época, por lo general, no se encontraba sometido a las exigencias de los poderes imperantes. Si uno lee las fuentes tiene la impresión de que un mismo pueblo podía ser designado con distintos apelativos según se declarara en pie de guerra o en son de paz. En nuestro caso, si te rebelabas eras un vascón salvaje, si te sometías eras un rústico campechano.
Sí es verdad que, sobre el papel, se manifestaban dos tendencias que habían marcado una primera frontera entre dos líneas investigadoras a seguir. Gómez Moreno y Sánchez Albornoz fueron los primeros que postularon una vasconización tardía de las provincias vascongadas, aduciendo la falta de datos de tipo toponímico y antroponímico que avalaran el carácter vascón de estos habitantes. Para ellos, los vascones se habían diseminado, partiendo del norte navarro, por las vascongadas y el norte del Pirineo.
En el bando contrario se situaban autores como Campión, Caro Baroja y Michelena. Aunque las razones que presentaran estos autores fueran distintas, a todos ellos les definía un común denominador: que la etnia vasca habría habitado desde la antigüedad no solo Navarra, sino también las provincias vascongadas, a pesar de la supremacía celtíbera indoeuropea que evidencian los testimonios. Valgan como ejemplo sobre el debate un par de citas de historiadores de peso de ambos bandos que plantearon tal posibilidad. Trask: “We may wonder whether Basque was already spoken in its historical region at this time, or whether it spread westward only after the collapse of Roman power in the west” (RLT, pág. 7). Michelena lo comentaba, no sin cierta pincelada de melancolía: “Lo irónico del caso es que, cuando no hace aún mucho se trataba de presentar el vasco de Francia como una penetración tardía desde España –no sin violentar un pasaje de Gregorio de Tours–, se ha llegado casi ahora a invertir los términos y a hacer del vasco de España un exiguo apéndice cispirenaico del aquitano” (GO3, pág. 115). El propósito por intentar demostrar la expansión del vascuence hacia el sur ha tomado en los últimos años un nuevo impulso. Las razones de unos y otros quedan excelentemente expuestas en la página de la Wikipedia sobre la vasconización tardía: https://es.wikipedia.org/wiki/Vasconizaci%C3%B3n_tard%C3%ADa
Pero la Historia de los orígenes de la Vasconia medieval cambió para siempre desde el momento que Agustín Azkarate presentó la memoria de la excavación de la necrópolis tardoantigua de Aldaieta, situada a orillas del pantano de Uribarri-Ganboa, a 20 Km. al noroeste de Vitoria-Gasteiz (http://www.ehu.eus/gpac/PDFs/Aldaieta.pdf). El material encontrado allí pone en evidencia las certidumbres de todo lo anteriormente expuesto por ambos bandos y se presenta como prueba irrefutable de un acontecimiento que hasta ahora había pasado desapercibido: el asentamiento de grupos humanos que muestran una gran analogía con la cultura del Alto Garona, al otro lado del Pirineo, presumiblemente ‘vascones’ de influencia franca. Una tesis que algunos lingüistas como Ullrich Schmoll o Jürgen Untermann ya había insinuado anteriormente.
La importancia de este hallazgo nos permite ahondar en profundidad en el oscuro agujero que supone la Vasconia altomedieval y hacer una síntesis que vaya un poco más allá de la típica y recurrente historia político-militar repleta de guerras e intereses matrimoniales. Se impone escribir una Historia desvinculada de los tradicionales armazones dinásticos que han acaparado la historiografía durante siglos.
Al final del siglo VII las crónicas francas y visigodas vuelve a retomar un término, el de ‘vascones’, para designar a una comunidad que difiere en sus fronteras de la que los romanos habían estado utilizando hasta 300 años antes. Aunque el término usado por los romanos todavía genera dudas en cuanto a la identidad vascófona de estos, sí parece que hay una mayor conformidad a la hora de reconocer al vascón del medievo como portador del idioma vascongado. Esta lengua se iría haciendo un hueco cada vez más amplio en el entorno geográfico, ganándole terreno por el sur a los idiomas vecinos durante toda la Alta Edad Media, y perdiéndolo por el norte debido a la presión de los francos. Aunque las primeras citas del idioma aparecen tarde (en época musulmana, siglo IX/ X, y cristiana, siglo XI), los datos parecen constatar que esa sociedad es la heredera de la que habitaba la Antigüedad Tardía durante los siglos VI y VII.
La intención de este capítulo es focalizar la mirada sobre las comunidades que supieron aprovecharse de esta nueva coyuntura, creada por el vacío surgido a raíz de la caída del Imperio Romano de Occidente en el 476, para prosperar y sobrevivir como cultura de idiosincrasia propia. Todos los inconvenientes soportados debido a las invasiones externas visigodas y árabes, no solo no fueron obstáculo para preservar esta identidad vasca, sino que supusieron, por el contrario, un estímulo añadido para acabar consumando una red de aldeas bien organizadas, con unas nuevas formas de vida que fueron surgiendo a la vera de los principales focos urbanos y de las vías de comunicación. La empresa que emprendieron no habla, precisamente, de un pueblo bárbaro e ignorante, sino de uno muy consciente de sus propósitos y con un proyecto propio. Uno que acabaría desembocando en el reino de Pamplona de principios del siglo IX, con la figura de Enneco Aresta como principal protagonista, y con una lengua plenamente aceptada por todos como propia.

Siglo V

Si afrontamos el tema desde los orígenes, deberíamos comenzar por la caída del Imperio Romano de Occidente y las diferentes hipótesis que explican este descalabro que sumió a toda Europa occidental en un largo periodo de inestabilidad.
La crisis venía de lejos. Durante todo el siglo III se habían creado algunos precedentes que alertaban sobre algunos cambios drásticos en los movimientos interiores: la población urbana cedía terreno ante la campesina. Pero el campo funcionaba de otra manera. Los pequeños terratenientes, hombres libres que habían acumulado tierras por sus servicios al estado romano, ceden sus posesiones y se hacen colonos para ponerse en manos de una minoría de grandes señores que aseguraban su protección ante la confusión generada por un sistema que ya no era capaz de defenderse de sí mismo, de poner orden puertas adentro.
A partir de ahí, los factores que incidieron pudieron ser múltiples: cualquier variación del clima que afectara a las cosechas; la proliferación de enfermedades que diezmarían las poblaciones urbanas; un pueblo que se siente abrumado por el afán recaudatorio público romano; una minoría adinerada que vivía de estos mismos impuestos y que era la que mantenía, en altos niveles, la vida social, política y cultural de las urbes; la instauración de una pequeña elite aristocrática que va degradando el sistema, que es incapaz de hacer frente a los nuevos retos, que no puede cargar con todo el peso de la cultura y el pensamiento… El volumen de infraestructura que mueve la burocracia romana es absolutamente desproporcionado, el esfuerzo económico que supone costear el ejército es enorme y el coste de sus mecanismos administrativos se dispara. En estas circunstancias se acaba imponiendo la barbarización del campesinado: el campo se convierte en refugio para la mayoría de las clases medias. En ese preciso instante comienzan a sentarse las bases para lo que después serían los grandes señoríos feudales diseminados por toda Europa.
Aunque el Imperio Romano de Oriente, al otro lado de Europa, sufriera un agotamiento de similares magnitudes, sí parece verdad que estuviera algo mejor preparado para afrontar todos estos contratiempos.
Pero ¿qué fue, realmente, lo que marcó las diferencias?
Las invasiones germanas.

406 – Podríamos considerar esta fecha como el inicio del cambio de rumbo en la evolución del Imperio Romano de Occidente. Los Hunos, una confederación de pueblos de origen euroasiático, presionan desde Oriente y en el centro de Europa se detecta un movimiento migratorio que termina con una penetración germánica que atraviesa la frontera del Danubio el 31 de diciembre del 406. Un saco de carbón como regalo de fin de año. Hidacio, historiador contemporáneo hispanorromano natural de Ourense, nos describe con tintes apocalípticos el cruce de los Pirineos por estas hordas, anunciando “los cuatro azotes, el hierro, el hambre, la peste y las bestias feroces”, desatadas por todas partes (SS, pág. 199). Estos bárbaros, con los que el Imperio llevaba bregando desde 40 años antes, se asientan por toda Europa de manera desigual, pero la dominan entera: los ostrogodos en Italia, los francos en Francia y Alemania y en la Península se instalan primero los suevos y después los visigodos.

409 – Suevos, vándalos y alanos entran en Hispania y se acomodan en la provincia de Gallaecia. Se perciben ya los primeros síntomas en la descomposición del Imperio y este no dispone de recursos suficientes como para soportar el elevado coste que supone disponer de un ejército bien estructurado. Las fuerzas militares no son más que reliquias del Alto Imperio, las cohortes se van retirando de los territorios limítrofes para proteger Roma de los invasores bárbaros. El organigrama romano ya no dispone de las condiciones para producir nuevos soldados.

De hacia esta época es la controvertida carta del emperador Honorio (395-423) que cita el Códice de Roda del siglo IX, de la que se deduce que había algún tipo de tropa fronteriza acantonada en Pamplona. Las dificultades para defender esta frontera debían ser manifiestas. Al parecer no se bastaban solas, algo que sabemos gracias a algunos testimonios sueltos que nos han llegado. Por un lado, el episodio vivido por Dídimo y Veriniano, dos aristócratas hispanos del entorno de la familia imperial de Honorio que, al no disponer de tropas regulares suficientes, tuvieron que hacer frente al ejército usurpador de Constantino III en el entorno del Pirineo vascón con un ejército formado por esclavos y campesinos de sus latifundios de la Lusitania. Aún hoy en día se discute si fue para defender las fronteras o para tomarse la justicia por su mano y usurparle el poder a Honorio, aprovechando las debilidades del sistema (DMS, pág. 277). Según consta, Constantino III acabó ejecutando a ambos. Curiosamente se documenta también una alusión de la época de Constante II (coemperador de Occidente, 409-411) que quiere acantonar una tropa en el Pirineo, pero son los propios hispanos los que le suplican confiar la guarda de estos pasos a los rústicos (¿léase vascones?) que desde tiempos remotos ejercen una útil y fiel custodia, “…rusticanorum fideli et utili custodia” (JA, pág. 202). De cualquier manera, el panorama geopolítico de Vasconia cambia radicalmente al convertirse de un día para otro en región fronteriza entre dos bandos: romanos y francos.

416 – Los visigodos entran por primera vez en la península. Durante toda la centuria el goteo de visigodos que penetraron en Hispania fue constante, tanto tropas como población civil. Andaban ya por Aquitania desde hacia 40 años. Allí se instalaron definitivamente desde el 418 hasta el 507 (NHN, pág. 118).

Las consecuencias de todas estas inestabilidades son las mismas para todas las regiones e inciden también de una manera directa sobre Vasconia. Los territorios que habían sido tutelados por el estado romano y aglutinados por su estamento militar sufren una simplificación en su vida social. La desarticulación del estado se va realizando de manera imparable.
El colapso del Imperio trastoca, para bien o para mal, la vida de todos esos pequeños grupos indígenas que sobrevivían en las órbitas de las villas romanas aprovechando lo que el sistema romano desechaba: el bosque. Pastoreaban el ganado de cerda semisalvaje para aprovechar el pasto de bellota, la oveja en los prados de altura y las cabras que ramoneaban en las zonas más frondosas; elaboraban miel, queso, leche. El Edicto de precios de Diocleciano del año 301 nos deja una imagen del tráfico comercial que mantenían con aquellas comunidades indígenas, ya que aparecen dos productos hispanos: la lana asturiana sin elaborar y los jamones cerretanos del Pirineo (DMS, pág. 95), una población, por cierto, de probable filiación ‘vascona’. La salazón de jamones bien se pudiera haber realizado también por estos lares, a la vista de salinas como las de Obanos y Salinas de Oro, en funcionamiento desde aquella época. La caza y las pieles, incluso para pergaminos, suministrarían también pequeños beneficios. Aprovecharon la madera no solo como leña, sino también como elemento base de construcción.
Se fueron creando nuevas granjas diseminadas por las laderas a partir del aprovechamiento de los espacios vacíos que se iban generando. Estos ya no se encontraban rígidamente sometidos al estricto sistema de parcelación romano, sino que quedaban como áreas marginales que concedían a sus habitantes ciertas posibilidades de libertad y autarquía. Se consolidaron como zonas alejadas de los acontecimientos que sucedían en el interior de cuencas y valles más poblados. El bosque en el saltus iría generando, poco a poco, formas comunitarias de propiedad.
Después de tantas generaciones conviviendo con los romanos de manera pacífica, algunos de estos vascones habían acabado haciéndose un hueco entre las élites, adquiriendo puestos de importancia en su estructura administrativa. Recordemos, como ya habíamos comentado en el capítulo sobre los vascones, que vascones y várdulos fueron pueblos que crearon sus propias cohortes instaladas en los confines del norte del Imperio como Alemania e Inglaterra. El servicio en estas milicias durante 15 años te otorgaba automáticamente la ciudadanía y la posibilidad de gestionar de manera libre las tierras que habías ido acaparando en vida.

441 – El resultado más llamativo de esta deslocalización y atomización de poderes es el movimiento bagáudico (de la Tarraconense y la Armórica bretona) que, con frecuencia, dejó en evidencia la debilidad del sistema. Se le llama así a las sublevaciones campesinas (bagauda significa ‘guerrero’ en celta) que alcanzaron su cénit hacia mitad del siglo V, que fue cuando más agresivas se mostraron. Algunos autores como Sánchez Albornoz (CSA, pág. 31ss) quisieron ver a los vascones directamente relacionados con estos movimientos violentos y derivar de ellos la expansión de la lengua vasca hacía territorios nuevos. El que anduvieran deambulando por el corredor del Arakil en el 443 (Aracellitani Bacaudae) y en el entorno de Tarazona (donde asesinaron al obispo) en el 449 era indicio más que suficiente para asegurarlo. Autores actuales también están muy de acuerdo con esta afirmación. Así Glez Ollé: “Si la bagauda no puede identificarse en exclusiva con los vascones, estos participan ampliamente en ella” (GO3, pág. 51). Verdad es que la mayoría de estos movimientos se concentraron en el entorno de la influencia vascona. Otros creen (G. Bravo en OU, pág. 70), en cambio, que estos tumultos son fruto del malestar social, de la crisis de subsistencia y de la pobreza a la que se habían visto abocados una buena parte de los colonos y trabajadores de las villas rurales que habían quedado en desuso. En mi opinión, ambas versiones no son excluyentes, sino que pueden complementarse. Aparecieron en circunstancias geográficas y cronológicas diferentes seguramente ligados a líderes locales que supieron buscar partidarios entre el campesinado. Incluso colaboraron con el rey suevo Requiario para saquear Zaragoza y tomar Lleida (DMS, 296). En cualquier caso, fueron grupos medianamente organizados a nivel local que pudieron competir con los poderes. Estas correrías provocaron en el 454, entre otras cosas, la primera intervención del ejército visigodo que no se sometió a los criterios de la autoridad romana (SS, pág. 197ss).
Villa romana de El Mandalor, Legarda.
Fuente: Mikel Ramos 2011, pág. 96.
La villa de El Mandalor en Legarda bien podría haber sido testigo directo de estos conflictos. Es una villa romana descubierta en la finca de El Prado durante las labores de preparación del terreno para la construcción de la Autovía del Camino y que fue de nuevo recubierta de tierra para continuar con las obras. Como ya comentamos en el capítulo sobre los vascones, esta pars rustica levantada en el siglo II estuvo funcionando con total normalidad hasta mediados del siglo V. Era una villa al uso, habitada por la familia de un rico terrateniente, desde la que se organizaban todos los aspectos relativos a un sistema de producción intensiva de productos como el cereal y el vino. Constaba de amplios espacios con sus respectivas bodegas, lagos y prensas. Las excavaciones realizadas muestran los importantes cambios que se produjeron a partir de este momento y la decadencia en la que fue cayendo la villa hasta que a finales del V, cuando el área dedicada a la producción del vino se habilita como vivienda.


Los cambios ocasionados como consecuencia de la crisis de todo un sistema productivo que sostenía estas villas empieza a causar su efecto sobre la triada que sustentaba todo este sistema para abastecer a las grandes urbes: cereal, vino y aceite. Para Mikel Ramos “los problemas del siglo V no supusieron una desintegración total de la impronta romana y de la trama socioeconómica” que dominaba en esta villa. “No hay vestigios de destrucciones provocadas por la bagaudia, presente en esa centuria, o por los enfrentamientos bélicos de lucha por el poder en Roma en los primeros años del siglo, ni siquiera las convulsiones causadas por las tensiones con el reino franco a lo largo del siglo VI” (MR1, pág. 104). Tampoco en la villa romana de Liébana se han encontrado indicios de estas destrucciones.

449 – Las primeras incursiones visigodas desde tierras galas a territorio vascón de las que se tiene noticia las cita Hidacio, un aristócrata de la Gallaecia: Rechiarius... auspicatus initium regni Vasconias depraedatur mense Februario (AS, pág. 233). En las crónicas de este historiador gallego se hace la última referencia de la Vardulia guipuzcoana en el año 456. San Isidoro de Sevilla en sus Etimologías del año 590, 150 años después de que sucedieran los hechos, no solo describe todos estos hechos que narra Hidacio, sino también la entrada de Eurico en Pamplona en el 466 en un intento por ampliar sus bases al sur del Pirineo (APL5, pág. 211ss).

476 – La Iglesia se erige definitivamente como la heredera del Imperio Romano de Occidente a la caída de este. Parece evidente pensar que el vacío que se genera no es absoluto y que el golpe de mano de la Iglesia es la consecuencia de hallarse posicionada en la cabeza del escalafón jerárquico del poder. Las medidas a tomar son dos principalmente: por un lado intenta institucionalizarse marcando normas que se deben seguir, y por otro desarrolla una nueva jerarquía que pueda conducir el entramado administrativo ya montado por el imperio (GC, pág. 55). La Iglesia se encuentra, sobre todo, ligada a la vida urbana, mientras el campo persiste como pagano, palabra latina que no significa otra cosa que ‘aldeano’. La vida urbana de occidente es mucho más modesta que la de oriente, que dispone de ciudades como Constantinopla, Alejandría o Antioquia de más de medio millón de habitantes. En Europa los núcleos son modestos y no suelen pasar de los diez mil habitantes. Solo Roma puede ponerse a su altura. Del año 465 es la correspondencia entre los obispos de la provincia tarraconense y el papa Hilario que muestra el nivel de implantación de la Iglesia cristiana en el valle del Ebro. Aunque no se haga referencia a Pamplona sí que afecta al antiguo ámbito de influencia del territorio vascón que abarcaba el obispado de Calahorra y otras referencias cristianas como Cascante y Varea, intuyéndose el distinto rango jerárquico de los núcleos citados (SS, pág. 182; MD1, pág. 30)

La quiebra del sistema productivo romano es el momento perfecto para que se planteen cuestiones que antes se daban por hechas, que se admitían como obstáculos insalvables. Por ejemplo, las diferencias sociales impuestas por el sistema organizativo romano desaparecerían de golpe. Ahora había que actuar, y se actuaba construyendo a partir de unos fundamentos morales, culturales y sociales que, aunque se habrían visto alterados después de 600 años de dominación romana, no dejaban de tener una idiosincrasia propia que ahora tenía la oportunidad de dejar ver su capacidad de responder a los nuevos desafíos. Vascones, Várdulos, Caristios y Autrigones se quedaban huérfanos y habían de iniciar, cada uno por su lado, una nueva vida.
Las urbes pierden potencia y se despueblan. La moneda no fluye con la misma frescura de antaño. El desorden que genera el declive cultural y militar de Pamplona implica una reducción de mercado y la consiguiente disminución de tierras de cultivo que ya no son capaces de colocar sus excedentes. Las villas romanas desaparecen, nadie dispone ya con tanta facilidad de la legión de esclavos, siervos semilibres y demás miembros del aparato productivo romano que lo han hecho tan lucrativo. Por consiguiente, el poder central se invisibiliza y las nuevas sociedades que se van creando se constituyen como herencia natural de los grupos humanos que habían vivido sometidos al yugo romano, sin poder descender de las faldas estériles, las laderas pedregosas y las escarpadas montañas a las que se habían visto relegados.
Estos grupos, que no eran capaces de desarrollar un sistema alternativo para subsistir, medraron a costa de la ocupación de las tierras que quedaban desocupadas, de eriales sin adscripción concreta y de yermos que perdían sus dueños. Eran pequeños grupos dispersos, alejados de las ricas tierras de los valles y organizados en clanes familiares o grupos sociales afines que se sacudirían el yugo y tomarían suficiente aire como para ir fragmentando el territorio en nuevos dominios. Habían vivido durante siglos al margen del sistema romano y de sus espacios de producción de cereal, vino y aceite, pero dependientes, en lo que pudieran, del mismo. La crisis les obligaba a buscar una manera de evolucionar en esa nueva coyuntura, transformando la sociedad en una nueva estructura feudal y jerarquizada que derivaría hacia una dicotomía señor-vasallo que perduraría durante toda la Edad Media.
Los eremitorios alaveses (más de 100 cuevas de los siglos V-VI) bien pueden considerarse un primer paso de lo que se percibe como un cierto autogobierno y una identidad religiosa. No hay ningún otro lugar en la península con tal densidad de cuevas-eremitorios y algunas fuentes ven en este acontecimiento la marca de una frontera. En sus primeros pasos debió funcionar como un polo de atracción de comunidades campesinas, aunque el proceso de culturización cristiana debió de ser lento (AAA, pág.37). Que Pamplona hubiera dispuesto de su sede episcopal no significa mucho en comparación con las importantes huellas que nos han trasmitido estos eremitorios.

Siglo VI


507 – La siguiente centuria comienza con la instalación definitiva de los visigodos en Hispania, al verse derrotados por los francos en Aquitania (Vouille). La tierra de los vascones se convierte en zona fronteriza, quedando a caballo entre las dos grandes potencias del momento, francos y godos. La inestabilidad se recrudece.

Los bárbaros fueron formando reinos independientes en los cuales se anteponían rasgos diferenciadores que resultaban muy incómodos y hostiles para los campesinos conquistados. En un principio, los godos quisieron evitar el mestizaje: eran arrianos o paganos, portadores de una lengua de origen germánico, de civilización y tradiciones diferentes y de una legislación que prohibía el matrimonio entre los suyos y los habitantes de las provinciales conquistadas. El abismo entre el mundo hispanorromano y el bárbaro, el grado de civilización que los separaba, era inmenso. De hecho, la unión entre ambos mundos no comenzó a esbozarse hasta mediado el siglo VI, aunque parece que en territorio vascón nunca llegó a consumarse. Los suevos, germanos que habitaron la zona gallega y asturleonesa desde un siglo antes y alternaban el arrianismo y el catolicismo, se mostraron también reacios a estas uniones y exigieron una defensa común contra los nuevos invasores.
Es fácil que Pamplona, como centro neurálgico del territorio y espacio estratégico para el control del paso del Pirineo, hubiera dispuesto de alguna unidad militar o un algún tipo de autoridad goda que custodiara la ciudad de las incursiones francas y de las revueltas campesinas. Es muy probable que para antes de acabar el siglo IV, la ciudad fuera ya cabeza de alguna demarcación diocesana (RJA, pág 32), lo que implicaría su control por parte de un comte, un conde godo, aunque no se tenga noticia de ella hasta el 589. Era normal que se originaran conflictos entre los distintos credos, como cuando los arrianos se intentaron apropiar de las iglesias católicas (DMS, pág. 321). Pamplona habría mantenido su sede no sin ciertos avatares y peleando con aspereza contra las tradiciones arrianas visigodas, hasta que los visigodos se hicieron católicos a finales de siglo.
La ciudad ya debía de estar, para aquella época, bastante degradada desde el punto de vista político y social, en comparación con los tiempos del Alto Imperio. Iruñea habría perdido toda su vitalidad. El pueblo que la habitaba, que se había ido latinizando, no vería con los mismos ojos a estas nuevas élites de cultura y religión bárbaras, incapaces de gestionar su administración de manera mínimamente competente, lo que suponía una fuga de capital humano hacia el campo.
La vida en esta ciudad se habría convertido para sus habitantes, sin duda alguna, en un ejercicio más bien penoso. Desde las primeras invasiones vándalas en el 406, Pamplona fue ocupada, invadida y saqueada consecutivamente, durante más de 400 años, por suevos, visigodos, árabes y francos, hasta el asentamiento de la primera dinastía regia de los Jiménez, con Enneco Aresta a la cabeza, hacia el año 800. Una dinastía forjada en los valles interiores del Pirineo, bien lejos, por lo tanto, de los vaivenes de la urbe.

541 – Childeberto I y Clotario, monarcas merovingios, atraviesan el Pirineo y asedian Zaragoza, en lo que parece una operación de castigo. A la vuelta, su retaguardia es atacada en los Pirineos, sin que se tengan noticias de sus agresores. Recordemos que las operaciones francas al sur de los Pirineos fueron constantes durante esta época y que las crónicas de Fredegario y Julián de Toledo, redactadas 100 años después de los acontecimientos, nos hablan de una Cantabria que figuraba como ducado tributario del reino francoDux Francio nomen, qui Cantabriam in tempore Francorum egerat, tributa Francorum regibus multo tempore impleverat (https://e-spania.revues.org/22944, párrafo 48) (CB, pág. 139).

En el interior de Vasconia, alejadas del bullicio de la capital, las ocupaciones serían más en términos de granjas que de aldeas. Se constata una desarticulación del territorio que quizá hubiera sido más acentuada en la Zona Media de Navarra que en la Ribera, donde eran más normales las aldeas amplias. Las edificaciones estaban formadas por construcciones elementales, y de la vida cotidiana había desaparecido cualquier clase de cerámica de calidad tan común en el mundo romano. El consumo, por lo tanto, se reduce, y se muestra una sociedad autárquica, sin excedentes, que viviría a expensas de ella misma.
Cuando se impone una colonización, hay una necesidad imperiosa de exprimir al máximo el territorio. El hecho se lleva a cabo de una manera abrupta y sin contemplaciones, de manera bastante más rápida y violenta de lo que se haría por unos cauces normales. En nuestro caso, el campesinado parte de un nivel de mínimos y se va estableciendo, poco a poco, sobre un territorio del que antes no había podido tomar verdadera posesión.
Se toma posesión de lo que no es de nadie, del yermo que ha sido abandonado. Quizá sea el yermo la palabra clave que entra en escena. Los campesinos van a ser capaces de labrar una tierra que, hasta ese momento, sólo habían podido contemplar desde lejos. Son ellos mismos los que ahora van a delimitar su espacio territorial, los que van a ir tomando, según sus necesidades, posesión de los eriales sin cultivar. Esto, sin embargo, no será un trabajo gratuito. Roturar la tierra que nunca antes había sido labrada implicaba, de algún modo, algún tipo de imposición por parte de las élites políticas del momento, por muy regionales o locales que estas fueran. Había dejado de existir el sistema socio-político romano, pero su estructura social había quedado suficientemente implantada para que estas élites hicieran ejercer su autoridad. A cambio, por supuesto, de algún tipo de contrapartida como su seguridad y protección.

Se percibe una densificación del poblamiento rural, pero está no descansa necesariamente sobre la antigua red de las villae romanas. En Bizkaia, de hecho, del medio centenar de asentamientos romanos solo tres continúan ocupados en el VI/VII. En Álava, de 80 se reducen a 59. Azkarate comenta: “…no cambió tanto el número de asentamientos cuanto su naturaleza y, probablemente, su ubicación. La desestructuración del tejido socioeconómico de época romana […] reordenó el paisaje durante los siglos tardoantiguos” (AZK1, pág. 39). La escasez o depresión demográfica pudo ser el causante de la disminución de hábitats.

Aquellas familias indígenas que mejor situadas hubieran quedado en el vacío que sobrevino a la caída del Imperio serían las que más probabilidades tenían de imponerse. Las tierras fértiles de los valles quedaron en sus manos, mientras los bosques y los terrenos yermos más alejados e inaccesibles se hubieran repartidos entre el resto de la comunidad. Una comunidad que, durante principios de esta centuria, todavía no se veía suficientemente organizada ni ligada de ninguna manera como para hacer frente común contra estas élites.
La mayoría de los mecanismos de organización que se pusieron entonces en marcha eran herencia del sistema romano. Lo hicieron los godos, y lo habría hecho también de la misma manera los vascones. El macrosistema se hunde pero los microsistemas florecen. En las pequeñas comunidades conformadas a base de clanes familiares no reina la anarquía por mucho que su vida se hubiera visto obligada a simplificarse al máximo. Los grandes propietarios no surgieron de estas pequeñas granjas, pero de ellas si que surgió con el tiempo el poder de una cultura que se iría imponiendo con su idioma, el vascuence, a otra de tradición latina que se vería confinada al entorno más erudito y elitista de las urbes y en especial de Pamplona. El campesinado que se empieza a organizar se constituye como una base humana suficientemente sólida como para que el primitivo idioma que ha portado ininterrumpidamente, desde las primeras noticias que nos llega de él con las primeras acuñaciones y los primeros teónimos vascones del siglo II/I a. C., cobre nueva fuerza y vaya arrinconando a una lengua, el latín, que hasta entonces se había mostrado superior en todos los ámbitos.

550 circa - A los grupos indígenas que aquí describimos se les ha contemplado, hasta hace bien poco, siguiendo la historiografía tradicional, como poblaciones desamparadas, brutas e incultas. Pero esta percepción ha cambiado radicalmente desde la publicación de la memoria del yacimiento de Aldaieta en 1997 (AZK2) y el descubrimiento del resto de necrópolis desenterradas posteriormente en toda Vasconia como la de Finaga (Basauri), Santimamiñe (Kortezubi) y San Pelayo (Alegría/ Dulantzi).
Quirós cita a Azkarate cuando asegura que estas necrópolis se pueden encuadrar en el entorno de una cultura más septentrional, transpirenaica y antigua, aunque en ningún momento se advierta que sean asentamientos merovingios que hubieran traspasado los pirineos. Por otro parte, las necrópolis posteriores del siglo VII parecen más regionalistas y locales, como si ya hubieran superado esa primera fase y hubieran quedado desvinculadas de las anteriores influencias externas. Estas necrópolis no son exclusivamente propias del territorio vascón, sino que también se encuentra en un entorno algo más alejado de sus fronteras, como es Cantabria, Asturias y Jaca (JAQ, pág. 33). Puede ser este un indicio de que no se trató de una invasión de contingentes desde el norte, sino de la influencia de una cultura vasco-aquitana en pleno auge por sus relaciones con los merovingios.
Las necrópolis se encuentran aisladas, sin ningún núcleo habitado contiguo, en laderas alejadas. En ellas se encuentra inhumada una élite que se distingue de sus congéneres por haber sido enterrados con honores militares, exhibiendo una ostentación de armamento simple que apuntan a una pequeña jerarquización social. Aunque tampoco tienen por qué significar estratificación social, sino simplemente la realidad de un hecho que se corrobora a finales del V: inestabilidad social, inseguridad…, o sea una sencilla demostración de poder de grupos alejados de los lugares de poder preponderantes como son las instituciones, la iglesia, la nobleza o la corte. Examinado el ADN mitocondrial de las sepulturas se ha podido constatar el “parentesco biológico” del grupo, lo que induce a pensar que el material funerario de guerra, más que un indicio de actividades militares o funciones defensivas, lo que trata es de “perpetuar el patrimonio y la relevancia social del grupo parental” (AZK1, pág. 45ss).
Eran, en cualquier caso, tiempos convulsos a pequeña escala y había que hacerse respetar. Las necrópolis se pueden interpretar, por lo tanto, como pequeñas escenificaciones de poder por parte de una aristocracia local organizada. Gente, al fin y al cabo, con conciencia propia de grupo que no solo se cuidarían de demostrar su status y su identidad a la hora de morir, sino también en su vida diaria. Necrópolis como las de Gomacin (Puente la Reina), Saratsua (Muruzabal), Sanzol (Muru Astrain), Buzaga (Elorz) y El Cerrado (Arbeiza), construidas en las afueras de los asentamientos y que muestran una singular ausencia de recintos eclesiásticos vinculados a ellas, son una buena muestra de la simplicidad organizativa de las comunidades que habitaban Valdizarbe y los valles de su entorno. Sobre el yacimiento de San Martín de Dulantzi su autores aseguran que “las fuentes arqueológicas muestran unas estructuras sociales mucho más complejas, no tan arcaicas, que las reflejadas por los textos escritos”. El material y el ajuar encontrado en las necrópolis de Vasconia “sugiere la existencia de redes comerciales por las que circularían ideas, objetos y personas” (SLN, pág. 202).
Convendría apuntar también, por lo que tiene de singular, que todos los yacimientos se sitúan en un espacio geográfico que se puede identificar con las fronteras de la nueva Vasconia que se va formando. Para García Camino la ausencia de materiales de esta tipología en el interior de Guipuzcoa parece confirmar tanto el “carácter militar de estos grupos”, como “la debilidad de las autoridades asentadas en el interior de dicho espacio” (JAQ, pág. 152).

581 – Esta fecha es fundamental, porque a partir de ella empiezan a aparecer con asiduidad las referencias a los vascones en época medieval. Debemos realizar en este punto una retrospectiva rápida de un término que resulta fundamental para poder analizar con precisión este periodo: Tito Livio introdujo a los vascones en la historiografía en el año 76 a. C, aunque justo es reconocer que la palabra ya había sido acuñada hacia el 140 a. C en la moneda de los ba(r)skunes. A partir de ahí, la voz es citada una docena de veces por Salustio, Plinio, Estrabón, Ptolomeo… En el siglo III y IV apenas se tiene noticias de ellos más que por unos pasajes concretos de índole literaria (o sea, muy condicionados por la retórica) de los tres grandes poetas que habitaban el entorno del mundo vascón: Prudencio (calagurritano) y Paulino de Nola y Ausonio (bordeleses ambos), en cuya correspondencia aquel asegura alojarse en los vastos bosques de Vasconia: Vastos Vasconiae saltus et ninguida Pyrenaei hospitia (SS, pág. 155; GO1, pág. 12). También los nombran la Oda marítima de Avieno, en la que aparecen con los iberos, y la Historia Augusta de Severo. La cita de Hidacio que hemos citado en el 449 es un caso aislado durante, prácticamente, 200 años. Es ahora cuando el término vuelve a cobrar fuerza.
Hacia el 580/590 se hicieron frecuentes, a ambos lados de los Pirineos, los testimonios de los enfrentamientos de los vascones contra visigodos y francos. Es, prácticamente, un acontecimiento simultáneo, en el que las comunidades vasconas de este territorio se empiezan a dejar ver como firmes defensores de una autonomía que no está ni internamente organizada ni sometida a ningún tipo de poder central, pero que sí que es capaz de hacer frente a un enemigo considerado por todos común, como es el invasor godo y franco. Esta sería la tónica general hasta el 711, con la llegada de los musulmanes.
Al sur del Pirineo Juan de Biclaro (circa 590) describe a Leovigildo intentando restablecer los antiguos límites de un territorio visigodo bastante diezmado, y ocupando parte de Vasconia, partem Vasconiae occupat. El rey funda Victoriaco (quizá Iruña-Veleia), abole las leyes que prohibían los matrimonio mixtos y obliga a una arranización forzosa del pueblo. En ese mismo decenio cita San Isidoro de Sevilla las acciones de Recadero contra los mismos vascones, irruptiones Vasconum (SS, pág. 221ss).
Al norte del Pirineo son bastantes más las fuentes que denuncian las correrías de los vascones: Venancio Fortunato (circa 570); San Gregorio de Tours (circa 590); Vita S. Amandi (circa 650); Crónica de Fredegario (circa 670: primera obra en la que aparece la Vasconia aquitana); el Anónimo de Rávena (circa 670). San Gregorio de Tours, por ejemplo, sitúa las expansiones vasconas por Aquitania en el año 587: Vascones vero, de montibus prorrumpentes in plana descendunt vineas arrosque depopulantes, domus tridentes incendio, nonnullos abducentes cautivos cum pecoribus. Las citas sobre los vascones se mantienen durante más tiempo en el norte que en el sur (SS, pág. 222ss).

El Mandalor, la villa romana de la que ya hemos hablado en el siglo V, viene a reocuparse como lugar de habitación hacia esta época, a partir de que los vascones reaparecen de nuevo con asiduidad en las fuentes. La reocupación del territorio continuaba con su proceso de apropiamiento de terrenos y las comunidades vasconas comenzarían ya a atreverse a roturar los terrenos de los antiguos terratenientes que habían perdido toda posibilidad de gestionar fincas tan grandes. La falta de mano de obra esclava y la imposibilidad de comerciar con los excedentes habrían hecho estas fincas totalmente improductivas y habrían estado abandonadas durante todo el siglo. A pesar del reaprovechamiento de los materiales, parece difícil pensar que el costo de una inversión de semejante calibre para poder poner de nuevo en marcha una bodega y un silo pudiera haber sido realizado por alguna familia adinerada vascona. Mikel Ramos piensa que habría sido visigoda, aunque según él mismo comenta, las formas de las dos puntas de jabalina encontradas las acercaría a piezas de la necrópolis de Aldaieta (MR1,pág. 104) que sabemos que no son de corte germánico.
Los clanes familiares más potentes se aprovecharon de la vulnerabilidad de estas comunidades para atraerse hacia sí estas tierras con la excusa de una protección en tiempos de inseguridad. La mayoría de los señoríos privados que todavía hoy se mantienen en pie provienen de estos expolios e incautaciones y funcionaron en régimen de arrendamiento durante toda la Edad Media hasta quedar finalmente abandonados por no poder soportar una demografía alta y estar apartadas de las vías de comunicación.


 

La ilustración nos muestra el declive que sufrió el enclave de El Mandalor de Legarda, que pasó de villa romana en el siglo III a caserío en el siglo VI. Fuente: Mikel Ramos, Arqueología en la Autovía del Camino, pág. 98ss.


Durante este siglo VI se perciben algunos avances importantes, muestra de los sustanciales cambios que tuvieron lugar en la sociedad. Se comienza con la edificación de terrazas y, en áreas de montaña como Aralar, se encuentran cabañas dedicadas a aprovechar los pastos para ganado vacuno, ovino y porcino. Las chabolas eran sencillas, levantadas sobre una plataforma tumular sobre la que se había regularizado el terreno. Estaba construidas con postes y cubiertas con elementos vegetales como el tepe, helecho y ramaje. El trueque o la retribución en especies para llevar a cabo sus intercambios y pagos cotidianos era la manera más práctica para abastecerse de lo necesario, dada la escasez de moneda en circulación.

589 – En este año se menciona por primera vez al obispo de Pamplona al estar este presente en el III Concilio de Toledo. A pesar de no haber sido documentado, el Obispado habría tenido su sede allí bastante antes, ya que desde el año 465 se constata la existencia de un obispo en Calahorra. La importancia de este Concilio radica en que allí se ultimó la conversión de los godos al catolicismo. A pesar de la pervivencia de estos obispados durante los siglos V y VI, la situación no habría sido fácil para un organismo eclesiástico de tradición latina y católica hostigado durante 200 años por un poder de cultura e idioma germano y de religión arriana. Pero a partir de este momento la connivencia sería total. Los castigados centros urbanos se convertirían en puntos neurálgicos para articular el territorio. Pamplona sería centro administrativo y foco cultural en cuanto al ámbito romance, pero se mantendría como una isla latina en un mundo indígena plenamente vascófono.
Articular el territorio para controlarlo por medio de pequeñas iglesias rurales sería una de las principales tareas a las que se dedicarían estos obispados. Para finales de este siglo el paisaje rural va cambiando y las pequeñas comunidades ya se ven en disposición de construir iglesias tan complejas como la de San Martín de Dulantzi. La importante labor organizativa y económica que supone la construcción de una iglesia sugiere ya una jerarquización en la que el presbítero, ya sea elegido por la comunidad o impuesto desde fuera, sirve no solo como orientador espiritual sino también como patrón de una institución que primeramente serviría de vínculo entre señores y vasallo, para después acabar cristalizando en autoridad. El proceso de cristianización abarcaría bastantes siglos, llegando a penetrar con dificultad en las zonas más agrestes.

La clase social de los colonos que toman nuevas tierras en arriendo es la que se erige, con su producción de subsistencia que tiene una base rural, en sustentadora del entramado social y público del siglo V/VI. A falta de una producción industrial, de elaboración de objetos de lujo, de unas fluidas transacciones mercantiles, de urbes consolidadas que se hubieran erigido en focos creadores de cultura, el campo se había ido posicionando para marcar la pauta y establecer nuevos patrones en la siguiente centuria, con la construcción de grandes abadías rurales. Sin embargo, los grandes propietarios laicos no se encuentran solos, sino arropados por las extensas propiedades de la Iglesia. A partir de aquí, clero y nobleza van a ir de la mano, intercambiándose estas tierras, colonos incluidos, para compensar favores. La acaparación de tierras por estas oligarquías vivirán su momento álgido durante el siglo VIII con la llegada del reino de Pamplona.

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