2011(e)ko urriaren 15(a), larunbata

PRESENTACIÓN Y BIBLIOGRAFÍA

Autor:

Fernando Pérez de Laborda

 
Colaboradores:

Koldo Colomo
Xabier Vélez
Alberto Beriáin
Jon Erice
Nacho Aldaya
Joaquín Azparren
Julio Laita
Txaro Etxetxipia
Anuntxi Etxetxipia
Esteban Armendáriz
Antonio Alcalá
Fernando Maiora



Las raíces vivas y profundas de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino en la nación; no constituían el derecho de una familia, sino la historia de un pueblo, y estaba en todas partes, excepto en el trono.
(Víctor Hugo. Los Miserables. Cuarta parte. Libro Primero, I).

A la Historia debería citársela con nombres y apellidos. Son muchos los tratados que he leído sobre Navarra, Euskal Herria y España que se arrogan de un título tan ambiguo para contar la historia de un pueblo, pero que, en realidad, no se limitan más que a contar batallitas sangrientas, intercalando por medio ecos de sociedad en forma de enlaces matrimoniales. Hay, por supuesto, autores mucho más consecuentes que intentan rastrearle la realidad a los hechos. Me acuerdo, en concreto, de un libro que me impresionó y que lleva explícito en su título la dimensión real del relato: Crónica negra medieval del reino de Navarra, escrito con una maestría exquisita por Fernando Videgáin Agós. Es este libro, para mí, el que más transparencia aporta a la hora de narrar aquellas luchas fratricidas de poder. Una lectura que produce terror. Directa y sin megalomanías.
La historia de una nación no se cristaliza en las megalomanías de sus élites, sino en el sencillo espíritu del pueblo. Es justo reconocer que este también ha cometido fechorías, aunque solo fuera seducidos por el engaño y ocultándoseles una verdad que siempre ha sido celosamente guardada por sus gobernantes. Si no, no habría ido a muchas guerras y hubieran continuado labrando, cantando y zurciendo como si allí no hubiera pasado nada. Y urdiendo la Historia.
La historia de nuestro pueblo se compone de mil factores que lo hacen única, pero ni mejor ni peor que otras. Y, entre todos ellos, es su lengua la seña de identidad más vital, la que destaca por encima de todas, la que da forma a su conciencia de pueblo. Las lenguas que habla y que ha hablado el pueblo son las que componen y han compuesto, de manera inconsciente, su quehacer diario, condicionando todos los demás factores. La lengua es la amalgama que cohesiona todos estos factores, formando una unidad vital que la diferencia de los otros pueblos.